miércoles, 21 de mayo de 2014

LA FIRMA INVITADA: De extrema gravedad

FERNANDO FERNÁNDEZ ROMÁN

Ayer martes, 20 de mayo de 2014, la plaza de Las Ventas fue escenario de una  concatenación de sucesos sangrientos cuyos afectados fueron tres jóvenes españoles, los  cuales, en pleno derecho de sus facultades mentales han decidido orientar su vida haciendo  pública manifestación de sus aptitudes para la práctica de uno de los ejercicios más riesgosos, más emotivos y más gratificantes para el ejecutante que imaginarse pueda: torear.

¿Qué es torear? La primera acepción que nos muestra la RAE es escueta y simplona: lidiar toros en una plaza. La acepto, por supuesto; pero torear es algo más. Significa experimentar la sensación de poner en juego dos de los atributos o cualidades más preciados en el ser humano, el valor consciente y la inteligencia, frente a esa mina anti-personas orgánica, ese polvorín de ira concentrada en el cuerpo de un cuadrúpedo bicorne, que es el toro. Y ahora, súmenle el inmenso placer que supone hacer de ello ostentación pública y crear una obra de arte efímera y dinámica, irrepetible ni siquiera para el propio autor. Por mucho que nos esforcemos quienes hablamos y escribimos de toros y toreros, esa sensación es inenarrable. Solo la sienten quienes la experimentan al máximo nivel, los toreros.

Quien haya tenido ocasión de ponerse delante de una becerra, por chica que sea, sabrá lo que es sentir el aliento caliente e iracundo de un animal, su intensa mirada, el jadeo de sus ijares, el ruido de las pezuñas al arrancarse y el bufido que babea la bamba de una muleta; pero todo ese surtido de miedos se alejarán de pronto, empujados por el infinito placer que supone comprobar la capacidad innata que uno tiene para dominar la fuerza bruta. En tales circunstancias, el torero ocasional, se cree el rey del mambo taurino, pero como ha catado los efectos del miedo y sus livores consecuentes, difícilmente osará menospreciar o minimizar el tremendo riesgo que afronta quien se pone delante de una mole cornuda y agresiva, el único soporte de entre los utilizados en las obras de arte que no es estático y destruible a voluntad del artista, sino que, además, está empeñado en destruir su propia obra.

Sin embargo, todas estas sensaciones, digamos primarias, que hacen sufrir y gozar a los  ocasionales “aficionados prácticos”, en nada son comparables con las que experimentan los toreros cuando se hallan frente al toro y frente a lo que Gregorio Marañón llamó “ese  monstruo de veinte mil cabezas que es el público”. El placer orgásmico de torear a placer,  debe ser infinito y embriagador como ninguno, pero, también el éxtasis puede romperse a  golpe de pitón y llevarse una vida por delante. Y eso, quien mejor lo sabe es el torero. Éste es su permanente dilema: triunfar o morir. Otro ilustre Gregorio del mundo de los toros, Corrochano, se hizo algunos años esta misma pregunta para ilustrar uno de sus más celebrados ensayos: ¿qué es torear? Y él mismo se respondía: “Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y vi como lo mataba un toro”.

Afortunadamente, el dilema del torero casi nunca llega a cumplirse en toda su extensión,  pero, a veces, la muerte pasa muy cerquita. Por ejemplo, ayer en la plaza de Las Ventas.

No redundaré en el relato de los hechos que acaecieron hace poco más de 24 horas en el  ruedo de la Monumental de Madrid. Todos los medios de comunicación han tratado la  noticia con profusión tipográfica o con la perfección descriptiva que proporciona la alta  definición de las imágenes digitales. Ya lo saben: la corrida se suspendió al resultar heridos los tres toreros que integraban el cartel, uno de ellos, David Mora, de extrema gravedad.

Ayer comentaba que el público salió de la Plaza consternado, meditabundo, contrariado,  preocupado. El público de toros –aunque sea el de Madrid, tan intransigente, a veces—  tiene un cupo de sensibilidad bien contrastado. Sabe lo que se cuece en la candente arena, o, al menos, comprende las situaciones a que condena una fatalidad irreversible. La extrema gravedad de David Mora flotando en el ambiente era lo único que importaba a quienes desfilaban taciturnos por los vomitorios de los graderíos.

Lo que todavía no conocemos bien, a fondo, es la extrema gravedad que encierra la  utilización perversa de ese vehículo de comunicación que llaman –llamamos— “redes  sociales”. Cuando aún estaban operando a David Mora en la enfermería de Las Ventas,  cuando se le transfundía la sangre por litros, cuando los médicos dibujaban incisiones de  bisturí en muslos y axilas, cuando se trataba de detener la fuga sanguínea por la femoral  arrancada, algunos mensajes apestosos comenzaron a llover como esputos infectados de  odio en tuits y demás apeaderos de opinión por vía universal. Alguno de los textos no son  reproducibles, porque atentan contra el más elemental sentido de la dignidad humana. Piden la muerte para el hombre, porque, entienden, que el animal es la víctima inútil. Desean la muerte a sus semejantes (los humanos), que es el inminente paso para opositar a su condición de “animal”, más que de “animalista”.

Estamos atravesando una época realmente delicada, alarmante, altamente peligrosa. De  extrema gravedad. El rebaño de mofetas que ayer escribieron en redes y muros cibernéticos las injurias, insultos y vejaciones hacia los toreros que ayer resultaron heridos, amparándose en ese otro muro legal que es la libertad de expresión, lo hacen desde la seguridad de que, al menos aquí, en España, están bien protegidos por la ambigüedad de las leyes en este campo de acción y, por tanto, instalados en la mas confortante impunidad. Solo los muy cobardes y los muy seguros de la protección de que gozan este tipo de hechos –por la volatilidad del escenario que ocupan–, son capaces de tamañas vilezas.

Ya he comentado en numerosas ocasiones la timidez, el encogimiento, la pamplinez de las autoridades que deben cuidar las formas en una sociedad civilizada cuando se trata de ordenar las manifestaciones en contra de la fiesta de los toros. Invariablemente, a los “antis”, digan lo que digan y hagan lo que hagan, se les trata con mimo, con “exquisito talante democrático”, mientras a los aficionados taurinos se nos mira con recelo, con precaución. En Barcelona, las manifestaciones antitaurinas se sucedían todos los domingos que había festejo en la Monumental. Una docena escasa de sujetos –y “sujetas”—nos maldecían, insultaban y amenazaban a nuestro paso. A unos metros de nosotros nos retaban e injuriaban, llamándonos asesinos, hijos de puta y demás lindezas, mientras una patrulla de Mossos de escuadra nos miraba de reojo, no sea que tuvieran que intervenir… ¡contra los que soportábamos aquél fuego graneado! A los “antis”, ni advertirles moderación en el vocabulario, siquiera. Increíble.

Definitivamente, las “redes sociales” son el perdedero de estas liebres de sorprendente  intolerancia. Campan por ellas a sus anchas. Amenazan de muerte o inducen a ella contra  alguien… y no pasa absolutamente nada. Para colmo, la clase política las utiliza también a  su antojo, para su provecho, dándose casos de ruborizante manipulación, con tal de obtener una mínima cuota de poder. ¿Serán capaces nuestros dirigentes de legislar un  ordenamiento definitivamente eficaz que actúe contra esta barbarie de comunicados?

Ojalá se empiece a judicializar esta esperpéntica situación y se den escarmientos que  sirvan de lenitivo para combatir esta plaga que asola, empobrece y denigra a la sociedad  contemporánea, una insufrible batahola de la que es víctima constante el mundo de los toros. Las cosas están llegando a un punto insoportable. De extrema gravedad.

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