viernes, 30 de mayo de 2014

FERIA DE SAN ISIDRO 2014 –VIGESIMOSEGUNDO FESTEJO:La raza de Miguel Abellán en una corrida canalla

El torero madrileño se impone a una tremenda paliza y corta una oreja de auténtica ley; Paco Ureña resulta gravemente herido en el cuarto de la tarde; el mexicano Adame también de la cara con el duro sexteto de El Montecillo.

ZABALA DE LA SERNA

Cuando Miguel Abellán caminaba hacia la puerta de toriles, el recuerdo aún fresco de David Mora revoloteó por los estómagos. Abellán se había vestido de blanco y plata, de raza y plata, con su armadura de batallas épicas, sus colores de guerra, su terno de juventud. Y libró la larga cambiada de rodillas y luego otra y otra más escribiendo el primer capítulo de una tarde muy de hombre. Los siguientes episodios se sucedieron encadenados por las líneas de la tragedia, el drama y la heroicidad. 

Otra vez la memoria sangrienta del 20 de mayo cuando Paco Ureña y Miguel Abellán se cruzaron en la enfermería. Miguel salía, Paco entraba. Uno recompuesto de una paliza brutal, el otro desgajado con una cornada de 25 centímetros. En esos momento es cuando te quitas el sombrero del reconocimiento absoluto hacia la figura del torero -de blanco y plata ayer-, y te preguntas qué empuja a un tío a volver con los pajaritos aún mareando la cabeza que crujió contra ruedo. El viento entonces enmarañaba la muleta en los terreno del «1» y el «10»; el toro había hecho cosas de muy poca fijeza en banderillas, sobre todo de lejos. Y no paraba. 

Miguel Abellán se fue a los medios tras la apertura de torera trinchera y una tanda meritísima con el engaño en horizontal por el aire. A la boca de riego se fue con mucha distancia de por medio y el toro se arrancó como un tren. En el preciso momento del embroque se venció contra su cuerpo. La violencia del volteretón crujió el cuerpo. Suerte que lo empaló solamente. Sonó como un estruendo de huesos. Miguel Abellán, pisoteado, embadurnado de sangre, sonado, quedó en el suelo sin saber ni dónde se encontraba. La mirada perdida. Como si el agua bendita funcionara de verdad, agarró de nuevo la muleta y siguió la pelea con aquel toro engatillado que cada vez desarrollaba más. Por el izquierdo le tiró otro gancho como por debajo de la axila. El corazón torero se impuso al instinto animal, que acabó rajado ante la hombría. Lástima que la espada se hundiera con travesía contraria hasta hacer guardia. Otros intentos siguieron. El toro de El Montecillo fue duro hasta para morir. Por su propio pie se metió en la enfermería, arrastrando la muleta en medio de una atronadora ovación.

Una hora después, más o menos, Abellán regresaba para dar cuenta de un torazo cuesta arriba. A sabiendas de lo que esperaba salió. Aparentemente más despejado, en su cuerpo maltrecho tan sólo se durmieron los brazos para torear espléndidamente a la verónica. El gigantesco ejemplar de El Montecillo embestía como era: bruto. Abellán le construyó faena en los terrenos de sol. Echándosela, bien colocado, muy de verdad todo. Por el palillo, la mirada de la bestia. La corrida de Paco Medina tuvo lo que más miedo provoca en la torería: la falta de fijeza. El matador de Madrid ejerció su profesión y cobró una estocada por el mismo hoyo de las agujas. Oreja de auténtica ley.

A Ureña lo hirió un cuarto -se había corrido turno a la espera de Abellán- cuando finalizaba una faena de injusto escaso eco. Sería el toro de mayor humillación y nobleza, una nobleza malandada y encogida: cuando tuvo a tiro al torero con la muleta retrasada acometió de improviso. No falló. El torero murciano peleó una eternidad entre los pitones ciegos de saña, pero la cornada ya la llevaba. Cumplió su cometido y despacio caminó hacia las manos de García Padrós. La cara de su anterior toro, que era fundamentalmente y sólo cara, se movía como un molinillo, siempre por fuera de la muleta que Ureña trató con corte clásico. Un pitonazo lo desarmó.

A Joselito Adame le tocó el toro de mayor instito cazador de toda la feria: el tercero, llamado «Farruco», perseguía a Adame como si fuera una presa. Le robó la muleta de principio con virulencia. Malo como si estuviera toreado. Los doblones lidiadores últimos tuvieron sabor. La pieza depredadora mereció el bajonazo. Todavía daría la cara con un sexto como un camión de hechuras. Y mirón. Se le paró dos veces en el pecho. Por ahí acometía. Embestir es otra cosa. Para bravo el mexicano. La escalera de corrida sacó una movilidad canalla. Una canallada de corrida, o sea.

PARTES MEDICOS
Paco Ureña
Herida por asta de toro en cara posterior de muslo izquierdo con una trayectoria ascendente y hacia fuera de 25 cm de longitud que alcanza trocanter mayor produciendo destrozos en musculatura isquiotibial, vasto externo y glúteo medio y que contusiona nervio ciático. Pronóstico grave. Firmado: García Padrós.

Miguel Abellán
Traumatismo craneoencefálico en observación con constantes mantenidas contusión en tendón del músculo pectoral mayor izquierdo. Contusiones múltiples. Firmado: García Padrós.

FICHA DEL FESTEJO
Monumental de las Ventas. Viernes, 30 de mayo de 2014. Vigésima segunda de feria. Tres cuartos de entrada. Toros de El Montecillo, una escalera muy fea y seria; el engatillado 1º desarrolló mucho peligro sin fijeza; el 2º se tapaba por la cara, que soltaba sin fijeza y con peligro a izquierdas; un 3º frentudo orientado y con sentido; el bizco y malandado 4º humilló con una nobleza sin clase y encogida; un tío en cuesta arriba un 5º tardo y bruto que embestía por el palillo; tremendo un 6º altísimo y mirón.
Miguel Abellán, de blanco y plata. Estocada atravesada contraria que hace guardia, pinchazo, estocada atravesada y suelta y cinco descabellos (gran ovacion camino de la enfermería). En el quinto, gran estocada (oreja).
Paco Ureña, de canela y oro. Estocada baja (silencio). En el cuarto, estocada desprendida (gran ovación camino de la enfermería).

Joselito Adame, de sangre de toro y azabache. Dos pinchazos y bajonazo (silencio). En el sexto, media estocada rinconera. Aviso (ovación de despedida).

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