jueves, 29 de marzo de 2018

LA PINCELADA DEL DIRECTOR - Ferrera estrena galones en Sevilla y Fortes crece en Madrid

JOSÉ LUIS BENLLOCH

Se acabaron las Fallas. Un respiro. Asoma el Domingo de Resurrección. Abril, la Feria por antonomasia, está más cerca. La primavera en el campo se adivina buena. Ya tocaba. La luz es otra. El tiempo se templa. Todo influye en el estado de ánimo. De Fallas hay mucho que recordar. Para repetirlo y también para evitarlo. En el tercio de lo bueno aparecen Ponce, Roca y Ferrera como grandes triunfadores. Buen cartel. Lo del valenciano en tiempos de tanto remilgo negociador, ya saben con una me basta, este año solo treinta o diez o ninguna, en ese ambiente lo suyo es para enmarcar. Le propusieron la sustitución de Cayetano y dio el paso al frente. Sacó la ambición y repitió paseíllo para evitar un derrumbe ferial. Otra tarde de cemento y frialdad hubiese sido un mal augurio y un bajonazo a las expectativas. El otro objetivo del maestro, abajo el conservadurismo, era remachar el triunfo anterior. Y vaya si consiguió una cosa y otra. Reanimó la taquilla y bordó el toreo. Cuestión de responsabilidad.

Ni el agua ni el viento rebajaron la temperatura de una faena muy intimista, cálida, de nivel y muy serena, que le alejaba definitivamente del Ferrera que se conocía en Valencia. Es un veterano nada visto en esos registros.

Lo de Roca ya lo comentamos, un trueno, un revulsivo si nos fijamos en su calado social. El tema tiene todos los síntomas de consolidarse. Verán, los puristas fruncen el ceño de la duda y los remilgos de la calidad y la gente de la calle pregunta por ese Roca, si es tan valiente como dicen y cuándo torea y cómo es… hay curiosidad, pinta bien, es una realidad taquillera y eso da un crédito importante. Y estuvo lo de Ferrera la tarde del cierre. El extremeño se mantiene en la línea de los últimos tiempos, con ese toreo de pausa y sentimiento que le ha llevado a un renacimiento deslumbrante. Ni el agua ni el viento ni lo desapacible de la tarde rebajaron la temperatura de una faena muy intimista, cálida, de nivel y muy serena, que le alejaba definitivamente del Ferrera que se conocía en Valencia. Tanto, que el personal se olvidó apenas comenzado el trasteo del disgusto de no verle banderillear. Con Sevilla a la vuelta de la esquina, donde estrena galones el Domingo de Resurrección, ataca un momento decisivo en su carrera. Es un veterano nada visto en esos registros de calidez artística. Novedad que merece consolidarse. Hubo otros triunfadores de los que ya hablamos, el arrojo de Román, el sentido adiós de Padilla, la categoría capotera de Mora y Lorenzo y la izquierda arrebatada de Garrido, pero esos tres marcaron el top como dicen los pijos.

El tema Roca trae buenos síntomas. Los puristas fruncen el ceño de la duda y la calidad y la gente de la calle pregunta si es tan valiente como dicen y cuándo torea… hay curiosidad, pinta bien, es una realidad taquillera y eso da un crédito importante.

La otra cuestión valenciana que no hay que olvidar es el disloque mañanero del que ya hablamos la semana pasada y cuya resaca perdura en tertulias y mentideros. No se comprende o sí, al disloque me refiero, y la resaca es lógica y obligada dadas las consecuencias. Se han metido en una espiral vertiginosa y mareante que conduce al desastre si no lo remedian. El caso es que perdieron el norte y la medida en razón de no se sabe bien qué gusto personal, personalísimo. No hubo ni mínimos ni máximos, de tal manera que lo mismo salía el camión de la carne que el toro anovillado en una invitación al desconcierto e incluso a los amigos del abuso, si cuela un día por qué no ha de colar otro, se pueden decir. Un choteo con reiteración y no se sabe si también con alevosía.

Bajo la boina de Victorino había un pedazo de ganadero, un concepto de la bravura que estaba faltando, una ganadería imponente… y al final de todo, sí, la boina y una lengua larga y clara que le travestía en una estrella delante de un micro.

Y en el intervalo, entre Fallas y Resurrección, Madrid, Domingo de Ramos. Arriba el telón venteño. Victorino in memoriam. La historia de Baratero, de Velador, de Jaquetón, de Murciano, de tantos y tantos… pero sobre todo la historia de un grande surgido de la nada que puso el toreo en marcha. Lo que hace falta. Eso exactamente, un ganadero, un torero… alguien que lo reanime. Oxígeno, SOS. No es que los actuales sean malos. Quite usted. Los hay muy buenos y hasta mejores que buenos, pero hace falta el tipo que rompa normas, el tipo que despierte polémica y curiosidad, el que ponga a los santones de los nervios. Victorino lo logró.

Hasta su estética de entonces, una boina donde habitualmente había un alancha o incluso una pajarita, fue un reclamo, su pancarta ¡Aquí uno de los suyos! Tan era así que en alguna ocasión tuvo que acentuar los reflejos de la boina ante la demanda del personal jarto del señoritismo. Pero centrarse en el envoltorio sería injusto y mentira, bajo la boina había un pedazo de ganadero, un concepto de la bravura que estaba faltando, una ganadería imponente a la que solo había que estimular y actualizar, y al final de todo, sí… la boina y una lengua larga y clara que le travestía en una estrella delante de un micro. El sumando de todo eso fue el tipo que le dio un empujón -¡despierten! vino a decir- a los ganaderos y reanimó la Fiesta en un momento complicado en el que faltaban estrellas. Junto a él, hasta los toreros de cartel medio y buen oficio se convertían en figuras para llenar las plazas. Era algo así como decir fulano y tres más. A eso llegó Victorino, dicho con el máximo respeto a los tres más, al fin y al cabo siempre hicieron falta muchas agallas para seguirle.

El domingo su sucesor, Victorino Jr., soltó una buena corrida, la vida sigue, y permitió crecer a Fortes, que es otra característica de la divisa, la de rescatar toreros y este Fortes tiene cualidades para emerger. Tiene el don de la diferencia. / Redacción APLAUSOS

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