El torero de la Puebla y el
matador alicantino cuajan auténticas obras de arte con los dos mejores toros de
José Vázquez, premiado uno con la vuelta al ruedo e indultado otro.*** El
último Vázquez reaparece sin suerte con un lote a contraestilo.
ZABALA DE LA SERNA
Illescas (Toledo)
@zabaladelaserna
Cuando el 8 de septiembre de 2012, Pepe Luis Vázquez se
retiró en Utrera a los 55 años en la intimidad, con su toreo tímido, callado y
natural, nada hacía presagiar que un lustro después, un lustro como un siglo,
volveríamos a encontrarnos en la nerviosa espera de la ilusión. Sólo que en
esta ocasión los cuatro románticos que en Utrera queríamos ser, como siempre,
fuelle de la llamita del Espíritu Santo, nos multiplicamos como por arte de la
nostalgia y su inequívoca llamada de bohemia.
Por Illescas se rebosaba la peregrinación taurina. Una
multitud de aficionados anónimos y Mario Vargas Llosa. En la plaza atestada
antes de hora colgaba el cartel de "no hay billetes" desde hacía
semanas. El niño de Pepe Luis se enfundó un vestido azabache. Un capricho a los
60. La dinastía Vázquez siempre fue de oro. En el tercio saludó una ovación
sentida y compartida con Manzanares y Morante, el "culpable" de que
se liase por un día el capote de paseo. Tan terso y tan bien envuelto.
Como aquel lejano día de Utrera, apareció un toro con nervio
que se quedaba por debajo en el otro capote de Pepe Luis, lacio y como los
antiguos capotes de seda. La nada del saludo sobre las piernas se tornó en un
apunte de dos sutiles lances y una media verónica de cadencia y brazos dormidos
en el quite. Vázquez brindó a Vargas Llosa. Tanteó las embestidas que se venían
sin humillar, y halló la confianza y el curso en un par de derechazos suaves. El
goteo de apuntes se contó como pequeños gozos. Un cambio de mano por delante y
una pareja de naturales de final de serie. Como la trincherilla. Metió la
espada con habilidad y paseó una vuelta al ruedo saboreada.
El dios callado de la verónica volvió a despertarse con voz
de trueno en Morante. Los oles retumbaban contra la cúpula del moderno coso
cubierto como estallidos. En cada embroque mecido y despacioso rugían volcanes.
La media verónica se elevó, cuando se hundía, como un monumento al toreo. Derribó
el toro al caballo, y José Antonio Morante compuso una sinfonía de verónicas en
el quite. Una pieza de diez a compás, una tras otra encadenadas, unidas por el
ritmo, el pecho henchido, las muñecas lentas, la cintura en compañía. Temblaron
las vigas de la cubierta acristalada como si se fueran a caer. Las vigas y los
cristales. "Don Mario, en el nombre de todos, va por usted", le dijo
Morante al Nobel de Literatura cuando le ofrecía su montera. O algo así. Y en
la obertura de faena dibujó tres trincherazos como carteles. Como ya quisieran
muchos carteles. El pase de la firma llevó la rúbrica del genio. La lentitud
gobernó la embestida humillada del notable toro de José Vázquez, que en sus
hechuras, sus estrechas sienes, sus movimientos primeros, ya cantó cómo iba a
ser. En redondo el tiempo fue un reloj de arena. Curvo el trazo, el mentón
clavado, la plomada de la belleza. De aquella serie de seis derechazos y el de
pecho la buena embestida salió con el aliento contado. Morante exige mucho a
los toros aunque no lo parezca.
Quedó con una placidez el viaje del toro como para que el
torero de La Puebla cuajase una tanda al natural para la memoria. Una tanda de
cuatro formidables y un quinto para la eternidad. Aún hoy su eco resuena en la
solitaria planicie de La Mancha. Apuró Morante sobre la derecha prolongando lo
que el toro ya no daba de sí, lo cuadró con unos sabrosos y codilleros ayudados
por alto y lo mató en el segundo envite. Como la muerte fue de bravo, se le
premió al tal "Estricto" con una vuelta al ruedo en el arrastre que
no hacía honor a su nombre. Las orejas fueron a parar a las manos de Morante de
la Puebla con el peso de lo auténtico. El peso de la eternidad.
La inteligencia con que José María Manzanares dosificó el
escaso celo del distraído tercero fue clave y piedra angular del arco de la
faena. Tiempos y distancias empujaron el crecimiento de la embestida. De mejor
y mayor nota por el pitón derecho. El tacto de Manzanares desde el empaque
aumentaba y potenciaba todo. Entre series el toro escarbaba anunciando su
escaso fondo. Un desarme sobre la izquierda y un pinchazo en la empecinada
suerte de recibir no se interpusieron en la justa senda del trofeo.
A Pepe Luis se le torció la tarde con la guasa del cuarto,
que menos mal que lo picaron a modo. Una prenda a contraestilo. De José Luis y
de cualquiera. La brevedad supuso un alivio. Como las cariñosas palmas. Lo de
José Vázquez de pronto se convirtió en una tortura.
El manso quinto puso a caballo, peto y picador patas arriba
con un violento estrellón. De éste o del encuentro en el piquero que guarda
puerta salió descaderado. Asomó el pañuelo verde. Pero el sobrero del mismo
hierro superó en mansedumbre y genio al anterior. La lidia fue un calvario
entre fugas y estampidas que arrollaban lo que se pusiese por delante.
Imposible para el torero de la Puebla. Ni siquiera tirar por la calle del medio
acortó el suplicio entre los pinchazos precavidos del matador y las huidas del
toro. La bronca que se presentía ni tomó cuerpo. Illescas no se convirtió para
Morante en lo que Almagro fue para Cagancho.
La clase de José María Manzanares se juntó con la clase del
sexto de José Vázquez. O viceversa. "Fusilero" fue una máquina de bien
embestir, y Manzanares la excelsitud de bien torear. El toreo por su camino
bordó a placer por uno y otro pitón. Los interminables pases de pecho, las
trincheras soberbias, los cambios de mano sin fin, el pase de las flores
adornado, el del desprecio sentido... Cuadros de Ruano. Se desató la pasión que
exigía el indulto. Y, como el presidente dudaba, el torero seguía. Ya
desafiante con el palco, que envió un aviso antes de rendirse y descolgar el
pañuelo naranja. Cuando "Fusilero" había empezado la búsqueda de
tablas después de tanta entrega. El indulto se discutirá. Que era de vacas, no.
Ni tampoco la magnitud de la faena de José María Manzanares, que paseó el ruedo
con el ganadero y se fue andando en compañía de Morante y Pepe Luis. Sin las
orejas y el rabo simbólicos que sin duda le correspondían.
Un homenaje al último Vázquez que volvía. ¿Para irse por
siempre jamás? El tiempo lo dirá.
JOSE VÁZQUEZ | Pepe Luis Vázquez, Morante de la Puebla y José María
Manzanares
Plaza de toros de Illescas. Sábado, 10 de marzo de 2017. Lleno de
"no hay billetes".
Toros de José Vázquez, y un
sobrero del mismo hierro (5 bis); el notable 2 premiado con la vuelta al ruedo
en el arrastre y el extraordinario 6 indultado; con nervio el 1; mansos y
complicados el 4 y el 5 bis; noble de contado fondo el 3;
Pepe Luis Vázquez, de rioja y azabache. Estocada pelín
contraria y atravesada (leve petición y vuelta al ruedo). En el cuarto,
estocada defectuosa (saludos).
Morante de la Puebla, de negro y oro. Pinchazo y estocada (dos
orejas). En el quinto, cuatro pinchazos, media caída y descabello. Aviso
(silencio).
José María Manzanares, de azul marino y oro. Pinchazo en la
suerte de recibir y estoconazo (oreja). En el sexto, vuelta al ruedo tras el
indulto.
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