jueves, 26 de mayo de 2016

FERIA DE SAN ISIDRO – DECIMONOVENA CORRIDA: El Juli puede con un ambiente hostil y lo vuelca

Una faena notable con un noble toraco de Vellosino de 630 kilos. Tarde de autoridad, madurez y entrega a pesar del castigo de coros de palmas de tango y de chuflas de castigo. Discreto estreno de López Simón en la primera de sus tres tardes de San Isidro.
López Simón
BARQUERITO
Fotos: EFE

JUSTO ANTES DE abrirse el portón de cuadrilla se abrió paso un coro de palmas de tango que iba, sin duda, por El Juli. El meollo del coro, menor pero tan ruidoso que se comió el pasodoble del desfile, estaba donde el famoso tendido 7, pero no solo. Una rareza no del todo insólita: un paseíllo protestado –fueron miles los que no sabían por qué- y una bronca antes de soltarse siquiera el primer toro. La corrida de Jandilla no pasó el reconocimiento. Entró por ella la misma de Vellosino que vino el 10 de mayo a sustituir a la de Robert Margé. Aquel día llovió a cántaros y se suspendió de razón el festejo. Iban a haber matado los seis vellosinos Juan Bautista y los dos grandes perjudicados de San Isidro, Eugenio de Mora y El Payo. El perjuicio de no haber podido torear en la feria su único compromiso. El cambio de ganaderías daba derecho a devolución. La plaza estaba hasta la bandera.

La corrida, más impropia que improvisada, fue de dispares trazas. Tres toros cinqueños –tercero, quinto y sexto- y tres cuatreños Cuarto y sexto pasaron de sobra la frontera de los 600 kilos, De aire jurásico los dos. Los dos del lote de Perera, segundo y quinto, se quedaron en el límite justo de los 600: muy acaballado el quinto, de alzada acentuada por no humillar ni una sola vez, y acarnerado y muy justito de cara el segundo. El primero de los seis tenía las hechuras del llamado toro de Sevilla, el toro bonito, y se llamaba «Sevillano». El tercero, abierto de cuerna, fue el de remate más equilibrado, y, en peso -535 kilos- se movió con el tranco propio de los toros de bonanza. A la disparidad de traza –reatas o líneas distintas- se sumó la variedad de pintas. Los tres negros –jugados en puestos pares- abultaban el doble que los tres rubios.
El Juli
A la cuenta de El Juli cargaron de partida todo: el cambio de ganadería, las lindas hechuras del toro «Sevillano» que abrió fiesta, recibido con un coro reiterado de palmas de tango y de chuflas, y, de paso, su inicial fragilidad y su ligera informalidad. El Juli, bastante más relajado que en su primera tarde de feria, anduvo con el toro seguro, fácil y templado. Faena abierta sin pruebas, de notable puntualidad, con variantes en la elección de distancias, toque de gran suavidad, muletazos muy despaciosos con la zurda, ligazón y encaje. Todo pasó donde quiso El Juli, que enterró arriba un pinchazo hondo, casi media. Tres descabellos, Después de arrastrado el toro, se acalló el coro.

La faena estuvo salpicada de improperios y frases vejatorias. Hizo oídos sordos Julián. Suya iba a ser la faena de la tarde. A uno de los dos toros de jurásica estampa. El cuarto, un pavo, algo bizco, bien armado, alto, largo, ancho, popa imponente. Toro abanto, de soltarse, pero El Juli lo fijó en los medios y lo lidió sin violencia, picó perfecto Diego Ortiz, capotazos precisos de brega de Álvaro Montes, banderillearon en los medios Soler y Fernando Pérez, no hubo pasadas en falso ni un lance de más.
El Juli
Trabajo de relojería. El Juli vio claro el toro. O antes que nadie. Con todas sus carnes y hasta aire de toro viejo a pesar de ser uno de los tres cuatreños, tuvo una virtud: la nobleza. Faena de suave trato, porque solo al cuarto viaje el toro había rodado en el remate. La caída dio alas a calvinistas y luteranos de los asientos de sol. La mayoría silenciosa empezó a sentirse incómoda. No El Juli.

El ambiente en la última de las dos partes de faena no fue nada nuevo. Se enfrentaron dos sectores de la plaza. Los que querían reventar a El Juli y los que se echaban encima de los reventadores. Julián navegó casi plácidamente. Tuvo el toro, tanto toro, en la mano desde la segunda de las ocho tandas de que se compuso una faena de despacioso ritmo, con dos tandas con la zurda a cámara lenta, enroscadas, libradas en un palmo de terreno, temple severo en el toreo en redondo, graciosas soluciones –el cambio de mano, el desdén ligado con el molinete y el de pecho, y, en fin, la autoridad del toreo de mano baja encarecido por una doble dificultad cruzada: las dimensiones tan pequeñas de la muleta de El Juli y  el volumen tan particular de un toro de 630 kilos. Final redondo. Un pinchazo al salto, una estocada y un golpe de descabello. Sacaron a saludar a El Juli a la segunda raya. No procedía resistirse. Admirable la manera de volcar el ambiente, de poder con él tanto como con el toro, que acabó entregado.

A Perera, brillante en un quite mixto en el toro de Sevilla, no lo trataron mucho mejor que a El Juli. Pero sin tanta saña. Calmoso, elegante, anduvo fino con el toro justo de trapío, que se rajó sin consuelo ni remedio después de sometido y obligado. En los pasajes brillantes, un silencio de castigo. Cuando el toro se fue a toriles, silencio de otro color. Sin celo alguno, el acaballado quinto, noble pero nada más, consintió a Perera ejercitarse en sus trenzas a toreo cambiado por la espalda, pero sin que el gesto lo pareciera. Un arrimón para casi nada. Y una estocada en los bajos.

López Simón se encontró, como pasa en Madrid en carteles de esta clase, con el favor de la inmensa mayoría, y el favor, además, de encontrarse con dos toros de buena condición: el primeros de los cinqueños de Vellosino, el del tranquito bueno, y un sobrero grandísimo de Domingo Hernández que atacó de bravo, descolgó, metió la cara y repitió. Con ninguno de los dos redondeó faena. El sobrero de Domingo Hernández estuvo a punto de desbordarlo. Al toro de Vellosino no lo midió con precisión. El empeño del torero de Barajas por buscar enseguida la distancia corta no es siempre un acierto. Con el toro parado, tal vez. Con el que ataca, nunca. No fue brillante el estreno como torero alternativo o emergente en la plaza que lo lanzó hace ahora un año.

POSTDATA PARA LOS ÍNTIMOS.- La fuerza interior clave en el torero que sea. Es la fuerza que gobierna al toro, teóricamente más poderoso, o que puede con la inquina de cien enemigos desde la misma trinchera. Fuego graneado. La fuerza de El Juli, por ejemplo, que esta tarde me parecía tan fresca como hace quince años. O más. Y la esgrima mental para sortear las palabras gruesas, las palmas de tango, la vejación verbal, tan insultante. La esgrima, que parece arte sutil, es fuerza interior también. Vale!

FICHA DEL FESTEJO
Cinco toros de Vellosino (Manuel Núñez Elvira) y un sobrero -6º bis- de Domingo Hernández. Rechazada la corrida prevista de Jandilla (Borja Domecq Solís) y Vegahermosa (Borja Domecq Nogueras).
El Juli, silencio y saludos. Miguel Ángel Perera, silencio en los dos. López Simón, aplausos tras un aviso y silencio.
Picó perfecto al cuarto Diego Ortiz. Tito Sandoval se agarró con maestría con el sexto de Vellosino. Brega buena de Álvaro Montes. Pares notables del propio Montes, y de Curro Javier, Javier Ambel, Fernando Pérez, Domingo Siro, Vicente Osuna y Jesús Arruga.
Miércoles, 25 de mayo de 2016. Madrid. 20ª de San Isidro. 24.000 almas. Nublado, templado. Dos horas y cuarto de función.
En la meseta de toriles, el Rey Juan Carlos, con la infanta Elena y su nieta Victoria Federica, recibió brindis muy aplaudidos de los tres espadas. El Rey sentó a su izquierda a Enrique Ponce en gesto de distinción.
El Rey Juan Carlos con otro Rey, Ponce I

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