Miembro de una de las históricas
familias dedicadas a la ganadería en Salamanca, probó suerte en los ruedos,
pero no llegó nunca a tomar la alternativa. *** Apasionado de la tauromaquia y
del toro bravo, llegó a lidiar con tres hierros al mismo tiempo y logró formar
su propio encaste.
GONZALO I. BIENVENIDA
@GonIzdoBienve
Diario ELMUNDO de
Madrid
Este martes falleció en Salamanca el legendario ganadero
Alipio Pérez-Tabernero a los 94 años de edad. Se trató de un personaje muy
querido en el mundo del toro que este miércoles le despedirá a las 13:00 h. en
la Iglesia de San Pablo de Salamanca.
Salamanca se empapaba en plena feria de llanto y lluvia al
conocer la noticia de la pérdida de uno de los ganaderos más emblemáticos del
campo charro. Las fiestas se tornaron tristes porque se ha ido un señor del
toreo que todo el que le trató le recordará como una persona atenta, cariñosa y
apasionada.
Aunque la fama la adquirió como ganadero también probó
suerte como torero en sus años de juventud llegando a torear como novillero en
muchas ocasiones. No llegó a tomar la alternativa por una lesión en el talón de
Aquiles pero no dejó de participar en tentaderos. El campo y el toreo fueron
sus pasiones. Sus familiares recuerdan que la última vez que toreó una becerra
en Matilla, finca santo y seña del campo charro, tenía 86 años.
Los aficionados recuerdan con nostalgia el trofeo que ganó
en 1980 por el toro más bravo de la feria de Salamanca que se llamaba «Dictador»
y que lidió con triunfo Pedro Moya, “El Niño de la Capea”.
Un toro clave para la formación de la ganadería de Alipio
Pérez-Tabernero Sanchón -su padre- fue «Hornero» que le cedió Graciliano Pérez
Tabernero. Años después otro «Hornero» hizo revivir la gloria de los míticos
gracilianos en Palencia con un éxito memorable.
En Madrid alcanzó notables triunfos, como en el año 1989 con
el toro «Araposo» que lidió Víctor Mendes el día que tomó la alternativa Juan
Collado.
Su hierro protagonizó grandísimas tardes de toros a lo largo
de todo el siglo XX. Fue un hombre respetado por todo el sector y reconocido
por su afición desmedida. Nació en una casa en la que se hablaba de toros las
24 horas del día y supo disfrutar de su pasión transformándola en su forma de vida.
Llegó a lidiar con tres hierros al mismo tiempo que adquirió en distintos
momentos; primero con el que llevó el nombre de su mujer María Lourdes Martín
-al principio con origen Santa Coloma, luego puro Atanasio Fernández-, después
el heredado de su padre: Alipio Pérez Tabernero y, por último, Río Grande.
Crió un toro fino, pequeño, estrecho de sienes en el tipo de
su origen, tal y como lo hiciera su padre en 1920. Siempre fiel a ese encaste,
a esa morfología, a esa viva mirada y a esa nobleza, tan Alipio
Pérez-Tabernero. Tanto fue así que llegó a formar su propio encaste.
Fue todo un enamorado del toro en el campo transmitiendo la
afición a sus hijos -Alipio y Juan- y a sus nietos. Junto con la ganadería
heredó de su padre una férrea fe que le guió en los momentos más complejos y le
acompañó en los mejores.
En Salamanca recibía habitualmente la visita de Santiago
Martín El Viti con el que le unió una estrecha amistad del mismo modo que lo
hiciera con el malogrado torero Julio Robles quien le apodó cariñosamente El
Jefe por sus ingentes conocimientos.
El mundo del toro llora la pérdida de un hito en su historia
que fue capaz de encontrar el dificultoso equilibrio entre la admiración de la
afición y el cariño de los toreros. Este martes su plaza, La Glorieta, guardó
un minuto de silencio en su memoria. Un minuto que muchos aficionados vivieron
con la mano en el pecho en señal de sentido luto.
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