viernes, 10 de abril de 2020

No habrá más toros este año en España

ANTONIO LORCA
Diario EL PAÍS de Madrid

La tauromaquia está padeciendo el momento más crítico de su historia. Nunca había sucedido nada igual. Sin ninguna duda. Y, lo peor, es que está desnortada, desorientada, agobiada…

El coronavirus ha sumido el mundo del toro en la penumbra, el desconcierto, la incredulidad… Esto es una maldición bíblica, una pesadilla, una ruina, se lamentan con razón los taurinos y aficionados.

Ciertamente, es la sociedad en su conjunto la que sufre las terribles consecuencias de esta pandemia, pero al sector taurino lo ha empitonado de lleno con la suspensión/aplazamiento de las importantes ferias del inicio de la temporada; se da por hecho que se cancelará San Isidro, la más trascendental del mundo, y están en muy serio peligro la cita de San Fermín y otras muchas del calendario taurino.

¿Se podrán celebrar todas las ferias en otoño? ¿Quién garantiza que para entonces se permitirá la concentración de miles de espectadores en un recinto cerrado? En el supuesto caso de que fuera posible, ¿cuántas personas preferirán quedarse en casa antes de exponerse a un hipotético contagio en una nueva oleada del dichoso virus? Y es más: si se confirma que esta crisis acarreará una devastación económica y de empleo, ¿habrá dinero en los bolsillos para acudir a las taquillas?

No son pocos los aficionados que piensan que la temporada está acabada

No son pocos los que piensan, aunque a todos les produce un escalofrío la ocurrencia, que la temporada está acabada, que habrá que dar por perdido el 2020 y preparar los avíos para el año próximo. Puede parecer una locura, pero la situación actual no ofrece datos para el optimismo. (Si, a la postre, es posible algún paseíllo antes de Navidad, bendito sea Dios).

Si tal desgracia sucediera, se quedarán miles de toros en el campo, muchas ganaderías entrarán en bancarrota y algunas desaparecerán; serán pocos los toreros que puedan vivir de saneadas cuentas bancarias, y una inmensa mayoría tendrá que buscar ingresos en otros sectores; un año en blanco también para los empresarios, algunos de los cuales ya han invertido un dinero perdido en campañas publicitarias; una ruina para las numerosas artes auxiliares que viven de la fiesta taurina; y otra para todos los empleos temporales que se mueven alrededor de toros, toreros y festejos.

¿Qué se puede hacer ante este tsunami que amenaza con arrasar la tauromaquia del siglo XXI?

En primer lugar, exigir lo que le corresponde por ley.

Con toda seguridad, el Gobierno actual aprobará, antes o después, medidas extraordinarias de apoyo a los sectores culturales. La tauromaquia es patrimonio cultural de este país y tiene el mismo derecho que el cine, el teatro o la música a participar de esas ayudas. Con más motivo, incluso, porque está olvidada en los Presupuestos Generales del Estado.

Pero nadie piense que ese sería un regalo del actual Ejecutivo. No son pocos los que sueñan con que esta tormenta acabe definitivamente con la fiesta. Por eso, el sector se lo tendrá que ganar a pulso, deberá trabajarlo, pelearlo y exigirlo. Deberá salir a la calle, si es preciso, para defender lo que en justicia le corresponda.

Ya, pero es que el sector está muy dividido, ampara intereses a veces contrapuestos, y parece imposible un acuerdo interno sobre cuáles son los conflictos y las soluciones. Pues ese será un problema del sector y no de un cicatero Ministerio de Cultura, dispuesto a hablar, con toda seguridad, pero no a apoyar la fiesta de los toros. Cicatero, sí. ¿Acaso alguien en su sano juicio cree que la Administración central va a aprobar motu proprio medidas a favor de la tauromaquia? (Un ejemplo: según informa el portal taurino Cultoro, en los primeros 15 días de estado de alarma, TVE no ha hecho la más mínima referencia a los toros como sector económico/cultural afectado por la pandemia).

Por una carambola del destino, el sector se enfrenta obligatoriamente a sus propias miserias: u olvida intereses personales y egoístas, desacuerdos y rencillas y arropa la tauromaquia como un solo hombre o se expone a la desaparición.

Ha llegado el momento de la revolución que la tauromaquia necesita y se niega a hacer por sí misma

Y, en segundo lugar, quizá ha llegado el momento de poner en marcha la revolución interna que la tauromaquia se niega a hacer por sí misma, aferrada como está a planteamientos del pasado, rancios y caducos, que solo benefician a unos cuantos.

Quizá, habría que adecuar la fiesta a las circunstancias y necesidades del tiempo actual, revitalizarla, regenerarla, cambiarla de arriba abajo para impedir la sangría de la constante huida de aficionados, contagiar a otros nuevos y retener al público que sea posible.

Si la tauromaquia se paraliza toda una temporada corre el peligro de volver con escasa vitalidad, como todo enfermo que se levanta de la cama tras una larga convalecencia.

El sector deberá sentarse para afrontar de verdad y de una vez la imperiosa necesidad de resituar la tauromaquia en el siglo XXI. Deberá aparcar por un momento el peligro cierto de los enemigos externos y acometer las muy graves enfermedades propias que amenazan su existencia.

Habrá que animarlo, entonces, con un nuevo modelo que sanee la maltrecha y, a veces, caótica, economía taurina; con empresarios imaginativos y capaces que ofrezcan carteles que despierten el interés perdido; con responsables políticos de comunidades autónomas y ayuntamientos ‘taurinos’ que faciliten el resurgimiento; con toreros amortizados que se retiren de una vez y dejen el paso libre a jóvenes con nuevas ilusiones; con figuras consagradas que salgan de su zona de confort y lidien ganaderías distintas de la media docena que han convertido en su exclusivo y pernicioso capricho; con toreros de plata dispuestos a renegociar su situación para ampliar su futuro. Habrá que devolver al toro el protagonismo perdido… Habrá que buscar la pureza y la ortodoxia.

Habrá que hacerlo todo, por difícil y duro que parezca, antes que ignorar que la tauromaquia está ante el momento más crítico de su existencia.

Ha sufrido, es verdad, prohibiciones religiosas y políticas, pero siempre las superó por el empuje de una ciudadanía ‘embravecida’ de afición que arrasó las decisiones de papas y reyes.

La fiesta sigue formando parte de la historia y la tradición de este país, pero los tiempos han cambiado, y la sociedad no participa hoy de ella con la misma pasión de antaño.

De ahí la urgencia de que el sector al completo se replantee el presente y, sobre todo, el futuro.

Porque no se trata solo de celebrar unos cuantos festejos antes de que finalice 2020, sino de sentar las bases de un espectáculo nuevo.

Con toda seguridad, será posible superar esta tremenda adversidad con el concurso de todos. La tauromaquia lo merece.

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