viernes, 17 de abril de 2020

ESCRITOS DEL CONFINAMIENTO 13 – Razones de La Escala

El solar de los Maranges. Las ruinas de Ampurias. Sacrificio de Ifigenia. Esculapio mutilado. Pesquerías.

Ignacio Álvarez Vara “Barquerito”
Especial para VUELTA AL RUEDO

HE ESTADO echando cuentas y sale que conocí La Escala hace cincuenta y cinco años. Tardé en volver veinticinco. Y quince en volver a volver. Y, luego, más veces, incluso en escapadas de doce horas, ida y vuelta desde Figueras, con paseo, entre otros vagabundeos de busca, hasta el museo arqueológico y las ruinas, donde estuve de becario dos semanas de verano. ¿Dos o tres? Cribando escombros, barriendo, despejando muros, aprendiendo a distinguir entre estucos y piedras de la Ampurias romana y la Emporion griega, que se solaparon en parte y fueron, una y otra, abandonadas cuando la piratería asolaba por sistema la bahía.

Casi cegados por una ilusión óptica, un espejismo, los arqueólogos viven las ruinas como si ya no lo fueran, saben reconocerlas, descifrarlas y reconstruirlas en una memoria inventada. El trabajo de excavar ruinas a pleno sol es menos sacrificado que el ejercicio de perseverancia y fe que implica la empresa. No es obsesión, sino el deseo irrenunciable de volver a la vida una ciudad muerta y enterrada hace cientos de años, como en el caso de Ampurias. Un milagro.

La ciudad no ha podido llegar a ponerse en pie. Era un absoluto imposible. Las mismas ruinas habían ido siendo no vandalizadas pero si expoliadas. El más noble edificio de  La Escala es la casa solariega –pairal, en catalán- de los Maranges, una familia de militares, abogados y políticos liberales asentada a principios del siglo XIX que probablemente fueron terratenientes pero no caciques. El apellido es raro, puede que oriundo de la Cerdaña, donde la aristocracia industrial catalana y mercantil tiene su segunda residencia. Masías reconstruidas, repulidas, escondidas, aisladas.

No sé si la dinastía de los Maranges de La Escala sigue viva y activa. La casona, sí. En los imponentes muros de fachada se quieren ver piedras labradas de Ampurias trasplantadas cuando no tenían ni dueño ni precio. Ni siquiera valor como piezas históricas. De eso hace dos siglos. Si la casa, Can Maranges, pudiera verse exenta y no agobiada por las viviendas de la manzana que ocupan, se dejaría contemplar. No como ruina, sino todo lo contrario.

En la tercera visita a La Escala, y tercera llegada a Ampurias, comprobé que había cobrado carácter propio el Museo, algo descuidado en los años sesenta y no expoliado, pero sí vaciado de piezas cobradas en préstamo perpetuo por el Arqueológico de Barcelona. Acondicionado, modernizado, luminoso, se había convertido en museo didáctico de nivel. En un ejemplo, además, de imaginación. Con ella se representan las dos ciudades, la griega y la romana, como probablemente fueran. O no fueran, pero hubieran podido ser.

En la boca del museo se ha reconstruido un idealizado foro romano con su enlosado de mansión patricia. En torno a él, la ciudad romana, apenas levantada, pero bien señalada, con sus dos cardos perpendiculares, su geométrica retícula urbana, sus amenidades y hasta sus árboles de jardín. Pinos y cipreses cercan como una pantalla el espacio de las ruinas rescatadas de túnel del tiempo. Hay que pagar para verlas entrada. No es cara.

En el punto clave del museo, el mosaico del sacrificio de Ifigenia, policromía rutilante, la mejor de todas las piezas de su género en los museos españoles. En la tienda del museo se venden cráteras, cubiletes, cuencos, vasos y páteras artesanales. También armas y objetos de bronce a escala. Postales del mosaico de Ifigenia y de la estatua mutilada y venerada de Esculapio.

Lo que no cupo en el museo es el resto de más edad y más solera: el Moll Grec, el muelle griego, la seña muda del valor estratégico de Ampurias como ciudad portuaria y pesquera. La Escala no tendría sentido sin su pasado de pesquería. Las anchoas no son un reclamo banal, sino el pan nuestro de cada día. Es impagable la imagen del muelle empotrado en la orilla de una ensenada. En pie al cabo de los siglos. Perenne olor a mar.

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