miércoles, 22 de abril de 2020

ESCRITOS DEL CONFINAMIENTO 17 – Comprar pan

Los floristas varados de Tirso de Molina. Azoteas con vistas. La Casa de Granada, el Plaza. Madrid- Hendaya. Paredes pintadas.

Ignacio Álvarez Vara “BARQUERITO”
Especial para VUELTA AL RUEDO

LOS KIOSCOS DE FLORES de Tirso de Molina deben de llevar cerrados desde el 16 de marzo. El lunes de la primera de las cinco semanas cumplidas de confinamiento. Antes de comer y de vuelta de la calle de León, tomé a pie la ruta de Antón Martin y Magdalena, y, luego la senda peatonal de la plaza, que emboca o desemboca en Duque de Alba. Con los floristas confinados, Tirso de Molina parece mayor de lo que es. Como es plaza triangular, y escalena, y más larga que ancha por eso, cuesta medir a ojo sus dimensiones. 

Desde la terraza de la Casa de Granada, en la azotea de una vivienda de seis plantas en la esquina de Doctor Cortezo, se puede contemplar la plaza entera. En la Casa de Granada se comía un menú del día de calidad y buen precio. El comedor, pequeño, se llenaba antes de las dos. Las mesas, muy apiñadas, estaban pegadas a la miranda y, si querías la vista cenital de Tirso de Molina, tenías que desistir, esperar o dejarlo para otro día.

No estaban todavía tan de moda en Madrid las terrazas. Las terrazas a pie de calle, y menos aún las terrazas de azotea. No es que fueran inaccesibles, pero nadie había caído en la cuenta de su valor ni en la manera de hacer con ellas negocio. Ahora son más de un centenar. La del Círculo de Bellas Artes es la más frecuentada. Fue la primera en salir en las guías convencionales, el precio es razonable y la subida en ascensor tiene su encanto. Hay colas. Es de pago.

Después de la reconstrucción del Edificio España, el Hotel Riu, que ocupa el espacio del desaparecido Plaza, ha habilitado la terraza de la última planta y ahora, previo pago, se puede subir a mirar y ver. Las vistas desde el Plaza, o el Riu, abarcan en panorámica un horizonte infinito más allá de los confines de la Casa de Campo y su cerca. La mancha verde es espectacular. Un bosque montuoso, espeso. Un corredor de caza, que es lo que fue de partida. 

La cúpula de los Capuchinos parece una bola arco iris de vidente. La de la estación del Norte, en uno de los primeros planos, luce como un globo de plata. Los edificios de Ferrocarriles del Paseo del Rey, ahora remozados y lucidos, ocultan el viario, que es mínimo. Norte fue estación término de las líneas de Galicia, Asturias, Santander, el País Vasco y Hendaya,  ciudad vasca pero francesa. El de de Madrid a Hendaya fue el trazado pionero. Hubo que salvar mucha montaña. Tantos  túneles entre El Escorial y Ávila. Más entre Alsasua e Irún.

Irún y Hendaya están solo separadas por el estuario de un río fronterizo, el Bidasoa, tan famoso, que desemboca en una linda bahía, el Txingudi, donde las playas de Fuenterrabía y los amarres de recreo de Hendaya. Se cruza la bahía en un vaporcito de ida y vuelta. Por poco dinero. Para contemplar a placer la bahía cabe subir a un monte de leyenda –el Jaizkíbel- y, si no, tomar no el tren sino un avión que aterriza en una pista estrecha, corta y temeraria. La del aeropuerto de San Sebastián, en paralelo con la costa española del Txingudi.    

Antes de la venta y amenaza de derribo del Edificio España, y mientras el Plaza aguantó vivo, se alcanzaba sin pagar peaje la terraza, con piscina, señoritas de alterne y bar de cóctel años 50. Los vestíbulos del Edificio eran un espacio extraordinario. Enlosados, columnas y paredes de mármol oscuro, mobiliario severo y mínimo, sofás de cuero, barandillas doradas, arañas de cristal, luz macilenta de apliques también dorados. Y puerta giratoria. Y conserjes de uniforme. Lo más valioso del Edificio eran sus interiores, su distribución y sus escaleras de acceso. El ámbito, digamos. Su estilo Nueva York. 

La Plaza de España es, en cambio, un espacio medio maldito. El lugar más ventoso de Madrid, una rara encrucijada donde termina la Gran Vía, su tercer tramo, el moderno, más luminoso que los dos primeros. De la última reforma ha salido beneficiado. La de la Plaza, la reforma, está pendiente. Tardará.

En Tirso de Molina, ahí estaba a las una y media con la hogaza de centeno y nueces en la bolsa cantando, se ha quedado libre el espacio donde antes del decreto de confinamiento se exponían en cubetas y jarrones las plantas y las flores, que eran unos cuantos. Me gusta contar las piezas de lo que sea, pero no he llegado a contar ni los kioscos de flores ni, mucho menos, macetas, estantes, ganchos y cubiteras. Las flores se ven y dejan sentir, pero nadie se para a contarlas. Y si las cuentas, quién va a reparar en otra cosa que no sean las corolas de colores, los ramos de brezo, los claveles por docenas. Las violetas.

Se echa de menos el perfume que tan dulcemente invade o invadía ese rincón de casetas idénticas. Todas las paredes de los kioscos están vandalizadas, pintarrajeadas miserablemente. Los módulos, de aire escandinavo, duraron vírgenes demasiado poco tiempo. Se instalaron antes de que la oleada de pintores se animaran a dejar en ellos su huella. Hay carteles de publicidad pegados unos encima de otros.

El proyecto original –la idea de un recodo plácido como una rosaleda o un vivero- quedó desvirtuado. La pintura callejera es demasiado agresiva en este barrio. No han perdonado ni un cierre, ni un solo zócalo. Los dos palacetes decimonónicos de la plaza han sido rehabilitados y puede que se conviertan en hoteles. Sería el propósito. La pandemia, que devastará los negocios de hostelería, arruinará la idea.

El centro de la plaza está acordonado con cinta municipal atada en los troncos de los plátanos, de porte muy notable. Las fuentes correderas de suelo escalonado manaban en murmullo como el agua de molino. Levantadas la terraza del Mariano y la del cafetín romántico esquina de la calle de la Espada. Ni un alma.

No hay comentarios:

Publicar un comentario