El matador aragonés corta dos
orejas al mejor toro de la seria corrida de Monte la Ermita y sale a hombros de
la Candelaria; El Cid se lleva otro trofeo por cabeza y veteranía; Fandiño sin
suerte y duramente volteado.
Paulita |
ZABALA DE LA SERNA
Valdemorillo
Diario EL MUNDO de
Madrid
Vive el nombre de Víctor Barrio en la memoria colectiva del
toreo. Como un eco que no se aleja ni muere. Un azulejo blanco en las paredes
rojas de la plaza de la Candelaria rendía este sábado homenaje a su tragedia
heroica. Hace un año Barrio toreaba aquí en Valdemorillo; hace siete meses
toreaba por última vez en Teruel. De todo hace demasiado poco tiempo.
Despertaba El Cid la temporada desmonterado como debutante.
Un toro de Monte la Ermita para estrenar el año. «Garboso» de nombre y de
andares desgarbados. Una movilidad como descoordinada que nacía de una aparente
e inicial falta de fuerza; una movilidad suelta como su cara en la muleta,
noble y repetidora. El Cid manejó el toro y la inteligencia con la mano
derecha, y dejaba la embestida muy a su aire desde el eje de una colocación
vertical y relajada. Tres tandas cortas. Sin exigencias para el alocado y santo
«Garboso», que embestía como un niño descontrolado. Al natural El Cid pidió
más, se rompió más, abundó más en las series, se fue más con el toro, que
respondió a los vuelos también con más largura, más por abajo y con mayor
empleo. La vieja zurda del torero de Salteras de nuevo. Como piedra angular del
arco de la faena. En la continuación por la derecha se sintió ya escaso el
fondo de las embestidas. Agarró El Cid media estocada efectiva y pasada. Una
oreja premió en justicia su veterana y amueblada cabeza.
Paulita perdió pie al enredarse en unas chicuelinas que se
intercalaban, sin mucho sentido de salida, con el pretendido clasicismo de su
capote a la verónica. Y, aunque el aragonés se levantó, la lidia y la faena no
lo hicieron nunca, lastradas por un toro siempre a la defensiva, con el freno
echado, tan apoyado en las manos y vacío. No hubo causa ni caso.
La faena de Iván Fandiño se cuenta por el final, cuando un
toraco basto, bruto y burraco le prendió en el volapié sin escapatoria y lo
colgó por el bajo vientre del pitón. La arrancada en arreón por encima del
palillo, como durante toda la faena, no caló la carne de milagro. San Blas al
quite. Fandiño se incorporó con un boquete en la taleguilla. Como el disparo de
un trabuco. Así embistió siempre el toro, a trabucazos. El vasco no volvió la
cara ante aquellas miradas perdidas y desparramadas. Su entrega no pasó
inadvertida.
De Garboso al cuarto hubo un crecimiento considerable en la
escala del trapío. Serio el pavo. Pero sin la capacidad de humillar hasta el
final. Tan sólo en el escaso tramo del embroque. El Cid otra vez se plantó con
las ideas claras de no dejarse tocar la muleta. Y lo consiguió casi siempre
sobre la derecha enfibrada en el toque para que el fuerte toro no se lo
pensase. Cosa que por el izquierdo acusó más y más desde entonces. La faena se
desdibujó en su regreso diestro y, aunque El Cid no perdió la fe, decayó casi a
plomo. No pudo evitar Manuel Jesús Cid algún enganchón entonces ni un pitonazo
en la suerte suprema. No pasó a mayores nada.
Cumplió el quinto con la antigua leyenda de que no hay toro
malo en ese lugar de la lidia. «Chapato», de 560 kilos, fue el toro de la
corrida de Monte la Ermita. Tan sólo el matiz que ya desde capotes parecía
reparado de la vista. Como cruzado. Paulita reeditó su idilio con Valdemorillo.
Un pase de pecho en los albores de la faena, vaciado a la hombrera contraria,
anunció un sentimiento. Paulita se encajó, se acinturó, abrió el compás y
corrió la mano en redondo con una estela de sabor. Aquello tomó cuerpo en un
par de tandas de nota superior. El toro se estiraba con fija y clara entrega
tras la muleta. Largo el toreo. Prometedor de una obra grande. Mas su velocidad
cambió, se aceleró, precipitada tal vez por el triunfo presentido. Apenas un
trámite los naturales. Y luego el mismo ritmo a derechas, el mismo calambre,
que trepó por los tendidos como si fuese lento. Una estocada pelín desprendida
desbocó a la pañolada y a la presidencia hasta las dos orejas. Aquellas dos
series se recordaban.
Fandiño salió al ataque con el sexto toro de Monte la Ermita
y su seria corrida. Más al ataque Iván de Orduña que el toro. Hasta las
manoletinas descalzas y desesperadas. Como la fría noche exterior.
MONTE LA ERMITA / El Cid, Paulita e Iván Fandiño
Toros de Monte la Ermita
(Carmen Segovia), serios en conjunto, destacaron el buen 5 y el noble e
informal 1; el 2 se frenó a la defensiva; el 3 embistió bruto y áspero; el 4
nunca terminó de humillar y se vino abajo; el 6 careció de fondo.
El Cid, de nazareno y oro. Media estocada pasada
(oreja y petición). En el cuarto, pinchazo, estocada algo contraria y dos
descabellos (saludos).
Paulita, de negro y plata. Estocada (saludos). En
el cuarto, estocada pelín desprendida (dos orejas). Salió a hombros.
Iván Fandiño, de verde manzana y oro. Pinchazo, estocada
atravesada y descabello. Aviso (saludos). En el sexto, media estocada tendida y
dos descabellos (palmas de despedida).
Se guardó un minuto de silencio por Pedro Saavedra.
Plaza de toros de la Candelaria. Sábado, 4 de febrero de 2017. Primera
de feria. Casi tres cuartos de entrada.
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