sábado, 4 de febrero de 2017

Animalistas animales

Jorge Muñoz Cepeda
El Heraldo / Barranquilla, Colombia
Foto: EFE

Lo volvieron a hacer los animalistas, cuando ya parecía imposible que se comportaran peor que las bestias que dicen defender –porque bestias son los animales, a menos que ya hayan improvisado alguna palabra nueva para ponerla al servicio de sus ‘noblezas’–.

Se difunde un video en el cual se aprecia a varios de los protestantes antitaurinos agredir de múltiples maneras a las personas que asistieron a la reapertura de la plaza de toros La Santamaría, de Bogotá. Insultos, escupitajos y amenazas hicieron parte del repertorio de los indignados envalentonados por su recién adquirida “autoridad moral”, que no es otra cosa que una ficción ejercida con la violencia con la que suelen actuar, sin excepción, todos los fanáticos.

Pero, lo más denigrante de las manifestaciones de aquel día fueron las agresiones físicas: en las imágenes captadas por transeúntes desprevenidos se ve a los energúmenos arremeter a los empujones contra la humanidad (no contra la animalidad) de algunos de los aficionados a los toros, muchos de ellos de la tercera edad. Uno de los empellones termina con la caída al suelo de un anciano, en medio de los vítores de la caterva.

Escribí aquí mismo acerca de la alegría de los animalistas, manifestada sin ningún pudor, cuando hace unos meses un torero español murió de una cornada en una plaza de toros. La muerte humana se celebra. Los animales pretenden ser humanizados. Se protesta con vehemencia cuando un perro es atropellado en una carretera mientras que se guarda silencio ante las más aberrantes condiciones en las que se hacinan miles de presos en las cloacas que tenemos como cárceles. El mundo de cabeza y en cabeza de los ‘empoderados’ que interpretan a su antojo la Constitución para satisfacer su apetito de poder, el mismo del que renegaban cuando estaba lejos de sus posibilidades.

No soy aficionado a los toros, ya lo he dicho; tampoco soy su detractor. No se trata este asunto de la protección de una especie que se extinguirá si se prohíben definitivamente las corridas (los animales se crían específicamente para ese propósito); tampoco se trata de defensa irreal de una costumbre que cada día es más minoritaria. De lo que se trata en verdad es de que podamos ser capaces de hacernos preguntas serias acerca de nuestras maneras de ejercer el disenso, del arduo trabajo que debemos hacer para erradicar para siempre de nuestras consciencias la tendencia a aplastar al otro, al diferente, al que no quiere lo que queremos.

Ninguna causa, sin importar lo perfectos que creamos que nos haga, justifica peores comportamientos que los que queremos contradecir. Los animalistas que quieren acabar con las corridas de toros demuestran, día tras día, que su superioridad ética es una mentira, una pantomima de quienes no pueden quitarse de encima lo que realmente son, que lo somos todos en este país de animales humanizados y de humanos asumidos como animales.

Jorgei13@hotmail.com
@desdeelfrio

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