martes, 17 de julio de 2012

Riesgos y responsabilidades frente a una posible "burbuja taurina"


Como lo único oficial con lo que se cuenta es con la Comisión Wert, habrá que acordarse de ella para plantear la actual "burbuja taurina", que acabará por estallar y salpicar a todos. Cuando una actividad de negocio no responde a la realidad del mercado, termina saltando por los aires. Reciente tenemos la caída de grandes conglomerados -más trascendentes que lo taurino- que se derrumbaron como castillos de naipes. La Fiesta no está vacunada contra este fenómeno. Por eso, o se produce un cambio sustancial en la globalidad de su entramado, o el riesgo de tsunami espera a la vuelta de cualquier esquina. Las preocupaciones de la citada Comisión por el marco institucional pueden ser relevantes; la búsqueda de una solución a la "burbuja" raya en la supervivencia. Es cuestión de prioridades.
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Según el diccionario de la Real Academia, las burbujas económicas se definen como aquel  proceso de fuerte subida en el precio de un activo, que genera expectativas de subidas futuras no exentas de riesgo. En el fondo, lo que la Docta Casa nos viene a decir es que en ese singular movimiento económico lo que en realidad se produce, es un desfase o un desacople en las leyes fundamentales de la economía de libre mercado:  la oferta y la demanda siguen caminos no confluyentes entre sí y con los precios objetivos, para no responder al valor real de aquello que se intercambia.

Siguiendo en su sentido estricto estas definiciones, no resulta hoy un simple juego imaginativo, una ocurrencia, preguntarnos si no nos encontramos ya metidos de lleno en una burbuja taurina, que más bien antes que después acabará por estallarnos en las manos, arramplando como muchos criterios, que hasta ahora han sido como dogmas, y dejando a no pocos damnificados en el camino.

Parece evidente que, mientras los unos nos contamos a los otros  viejas historias llenas de pura nostalgia,  en la Fiesta los distintos caminos que sigue la oferta coinciden cada vez menos que los de la demanda, con una alteración sustantiva --en más o en menos, según los casos-- del precio real de los bienes taurinos en juego y la asunción correspondiente de nuevos riesgos. Burbuja pura. Y así, ni hay público para rentabilizar el número de festejos que se programan, ni la demanda de ganado bravo responde a la realidad de lo que existe en las dehesas, ni el elevado número de los profesionales en activo guarda relación con las posibilidades de trabajo, por citar tres ejemplos evidentes. ¿Cómo si no se explica que con el incremento de los riesgos del negocio pueda mantenerse este tinglado de pié? Y sobre todo: ¿cómo puede sobrevivir basándose en criterios, usos y costumbres que vienen casi del siglo XIX?

Dicho todo lo cual, conviene advertir, antes de seguir adelante, que no se trata en este Informe de dibujar un panorama negro, que tan  sólo lleva a posiciones pesimistas, que resultan inoperantes. Se trata, por el contrario, de reflejar una serie de realidades, concatenadas entre sí, que exigen que todo el sector taurino deje de "mirarse al ombligo" para poner orden en las cosas de esta casa común que es la Fiesta. Y hacerlo mejor hoy que mañana.

La burbuja ganadera

En realidad, la burbuja taurina pasa a ser la suma de muchas burbujas sectoriales. La más evidente, probablemente la más preocupante a futuro, es la burbuja ganadera: contamos hoy con una cabaña de bravo sobredimensionada en extremo, que ha provocado una caída de los precios de forma exponencial, hasta colocar en pérdidas insalvables a una mayoría de criadores.

Cuando camadas enteras tienen que enviarse al Matadero, porque no hay fondos para pagar algo tan básico como su alimentación; cuando una buena parte del campo bravo está en venta, como se comprueba con esa aparición de nuevos ganaderos salidos de las ganancias de algún otro negocio ajeno a lo taurino, o de la necesidad o el capricho de adquirir una hipotética relevancia social; cuando hay criadores que aceptan vender “a lo que pueda ser”, con tal de tener liquidez para hacer frente a los gastos del mes siguiente. Cuando todo eso se produce, resulta innegable que la burbuja ganadera está ahí y que algún día estallará, llevándose por delante a más de uno.

No se trataría más que uno de esos vaivenes que encierra toda actividad de negocio, que en unas ocasiones van mejor que en otras, si no fuera porque con estos movimientos del mercado estamos poniendo riesgo el futuro de un tesoro como es el toro bravo y de su rica variedad de encastes. Si este ritmo de deterioro sigue, sin que nadie se preocupe de incorporar criterios de racionalidad, podríamos ir camino de que al toro de lidia haya que declararlo especie protegida en peligro de extinción.

Evitar esa pendiente obliga a algunas cosas muy básicas. Y así, por ejemplo, debería meditarse si no ha llegado el momento de recuperar la diversidad de los encastes, en lugar de concentrarlo todo en ese monoencaste hoy imperante; de dar al verdadero ganadero el sitio preeminente que le corresponde en la Fiesta; de recuperar el respeto por eso que algunos han denominado con acierto “los derechos del toro”: básicamente, el derecho a su integridad y a su herencia genética; de  dejar que el mercado expulse a aquellas ganaderías que hoy se mantienen artificialmente porque resultan inviables, mediante el ajuste de los precios a la realidad del negocio.

Caso a parte por su gravedad es el que viven las ganaderías, muchas de ellas con encastes minoritarios que deben preservarse, que surten a la fiesta de base, numéricamente mayoritaria y, sobre todo, de esencial importancia para el mantenimiento de la presencia de la Fiesta en todos los puntos de la geografía española.

La burbuja empresarial

No es menos acusada la burbuja empresarial, pese a que en esta temporada ya hubo ciclos feriales que han reducido su número de espectáculos. El problema radica en que ese menor número de festejos no está teniendo el efecto previsto, sino que coincide con reducción en proporción aún mayor en la demanda de entradas.

El caso de Pamplona es de todo punto excepcional y no repetible,  gracias a su internacionalización y a la fidelidad de las peñas. Pero fuera de este caso, nos encontramos con que en la Feria de San Isidro tan sólo tres días se puso el “no hay billetes” o que en la feria de Sevilla ocurrió otro tanto, que Bilbao organizan a bombo y platillo dos festejos extraordinarios y se queda la cosa en la mitad del aforo, que en Córdoba la Casa Chopera tiene que renunciar a la gestión de la plaza por ser económicamente insostenible… Y nada digamos de esas corridas fuera de feria en las que tres figuras no llevan a la taquilla ni la mitad del aforo.

Veremos ahora que ocurre, por ejemplo, en Málaga, con los 10 espectáculos mayores que se han organizado para su abono.  Y lo que pasa en Huelva con José Tomás, porque resulta llamativo que la empresa haya tenido que salir a desmentir que se hayan acabado las localidades: hay más demanda que oferta para la tarde del torero de Galapagar, pero no para los restantes festejos; en el fondo, parecen estar diciendo que el abono no tira en la medida de lo previsto, o de lo que era habitual cuando se anunciaba a este torero.

En los negocios digamos convencionales circunstancias de tales dimensiones, han derivado en una paulatina concentración empresarial. Lo estamos viendo ahora en el caso del sector financiero, por ejemplo. Y aunque el negocio taurino se encuentre a años luz de éste, tanto por dimensión como por sus características esenciales, constituye un salida razonable para este tipo de crisis.

Si acudimos a datos de la temporada 2011, más del 80% de los espectáculos mayores celebrados en plaza de primera –los teóricamente más rentables-- fueron organizados por las 5 grandes empresas taurinas, en tanto todas las demás empresas no superaba el 20%. Se da, pues, un alto grado de concentración. [Fuente: Levante-El Mercantil Valenciano, 7 de julio de 2012].

Y en esa estadística no se incluyen datos relativos a la triple alianza que, desde el gobierno de la Plaza de Las Ventas, se ramifica luego por diversos  lugares. No pueden aportarse estos dato --a parte de corresponder a Ejercicio diferente--, porque la verdadera naturaleza de tal alianza resulta por ahora la gran desconocida, que solo será verdaderamente desvelada cuando se pueda conocer una auditoría independiente. Y así, por ejemplo, una auditoría desvelará si Matilla y Casas son empleados de alto standing de una tercera empresa o si realmente forman parte de la propia Taurodelta, como desvelará --en el caso de ser empresas independientes-- el tipo de pactos intersocietarios que se dan entre ellas. En virtud de tales datos se conocerá si tal alianza supera o no los límites establecidos para no incurrir en posición de dominio, que afecte a la libre competencia.

En cualquiera de los casos, la concentración empresarial como vía de salida a la burbuja empresarial resulta un recurso muy limitado, salvo que se propugne un monopolio aún más cerrado. Por ello, no parece que por aquí vaya a venir la solución, por lo que el único camino pasará por el replanteamiento global del negocio taurino: sólo los empresarios no tiene capacidad para resolver la globalidad de la burbuja taurina, y podría afirmarse que ni siquiera su propia burbuja, dada la dependencia tan fuerte de terceros que tiene en su actividad.

La burbuja audiovisual

Sin ir más lejos, cuando este tipo de realidades se dan en simultáneo con una gestión con criterios que en poco responden a las realidades económicas actuales, el resultado no puede menos que ser tenido muy en cuenta. Y así, por ejemplo, en esta campaña vivimos un poco de contratos multianuales con la televisión, sin cuyos ingreso extraordinario --Ramón Valencia dixit-- la feria de Sevilla resultaría insostenible. Pero, si tan necesario son tales ingresos extras,  ¿qué ocurrirá la próxima campaña, cuando no haya ya contratos pendientes de cumplirse y por tanto haya que renegociarlos de nuevas?

De esta forma, la burbuja empresarial se ve implicada en la burbuja audiovisual. Aquí parecen de inmediato el G-10, ASM, ANOET y la Comisión la Competencia, con su pleito ahora en los comienzos. Sin necesidad de que haya una resolución firme --que puede no llegar hasta 2018 ó 2019--, el antiguo status quo se ha comenzado a alterar. Y lo previsible  es que el nuevo modelo se parezca poco al actual.

Siguiendo el proceder del G-10, que ha abierto una brecha en el escalafón --no ya de la torería en general, sino entre los profesionales que frecuentan las ferias--, el establecimiento de una nueva situación obliga a replantear el problema en su conjunto, esto es: desde las cuadrillas a los ganaderos, todos los cuales también tienen sus derechos audiovisuales como parte que son del espectáculo. Y una vez pues todos  han concretado  sus reivindicaciones, ya veremos si un canal de pago en una sociedad en crisis --cuando además es propiedad de una empresa digital que le acosa su situación financiera--, tiene o no recorrido para continuar, al menos en su estructura actual, por más que ésta sea manifiestamente mejorable, que menudo bajón de calidad ha dado de la anterior temporada a la actual.

Como a mayor abundamiento una crisis profunda ha hecho presa en las cadenas autonómicas, muchas de las cuales están llamadas a ser subsumidas por el sector privado o a desaparecer, la burbuja audiovisual pierde una de sus posibles patas de apoyo para superar la situación.

La burbuja profesional

Entremezclada con todas estas burbujas sectoriales aparece la que afecta a los profesionales, en especial a los matadores de toros, pero también a los novilleros, en la medida que constituyen la garantía de la continuidad.

Cierto que se trata de profesionales del Arte, pero tienen una singularidad en sus actividades: generalizadamente la realizan por cuenta ajena, a diferencia de lo que pueda ocurrir con cualquier otro artista. Por eso se ven de lleno implicados en la situación general que en cada momento vida la Fiesta.

Dando por descontado que el caso de la novillería responde básicamente a criterios de viabilidad económica --más precisamente: en la capacidad de todos los sectores de invertir en futuro--, parece de toda evidencia que los matadores de toros, y en especial quienes comandan el escalafón, vienen abocados a cambiar sus criterios. Eso que con tanto tino Zabala de la Serna ha definido como la Fiesta de “las dos ligas”, tiene poco sitio de futuro. De hecho, o los que forman el espinazo de todas las ferias asumen nuevos y mayores compromisos profesionales y éticos, o el mercado acabará por ponerlos en su sitio. Es una ley inexorable de la economía y de los usos sociales.

Hay que tener en cuenta que el espectáculo taurino ha pasado a ser mercancía de lujo, ahora más acusadamente con el subidón del IVA. La mercancía de lujo, dicen hoy todos los estudios, mantiene una clientela muy fiel, pero muy limitada. No puede por ello ser la casilla en la que caiga la Fiesta, que por su propia naturaleza debe ser un espectáculo de masas. Como tal, resulta muy sensible a sus disponibilidades económicas, como demuestra el retroceso en los ingresos de taquilla. Nos quedamos así en la antesala misma de la elección selectiva de los espectáculos  los que uno asiste.

Para salir de esa situación, necesariamente los profesionales se ven obligados a asumir nuevos compromisos que revaloricen su papel y pongan en consonancia su aportación real y diaria a la Fiesta con los emolumentos que pretenden cobrar: la rutina acomodaticia ya no tiene sentido. No cabe duda que se trata de un nuevo planteamiento, rompedor con lo que hasta ahora se produce. Pero las leyes de la economía, que son inexorables, recomiendan siempre ponerse al frente de esa procesión, porque en caso contrario se ve uno arrastrado hasta llegar a donde no quería ir.

¿Y si vienen los “hombres de negro”?

Por no complicar más las cosas, eludimos cualquier referencia a los posibles efectos de los denominados “hombres de negro” que Europa pueda mandar para controlar la situación económica del país.

Pero dejemos constancia que su llegada no sería un factor neutro para la Fiesta. Desgraciadamente no es una mera ocurrencia dialéctica. Ya hemos visto lo ocurrido, sin que aún hayan llegado oficialmente, con el IVA taurino. Pensemos en los efectos que tendrán si, además, actúan sobre todo el entramado de estructura, ingresos y gastos del conjunto de las Administraciones públicas, desde la general del Estado hasta la del último pueblo. Repasemos las implicaciones que la Fiesta tiene con todas ellas y llegaremos a conclusiones nada despreciables. Y es que, aunque parezca una extravagancia, los "hombres de negro" también afectarían a la Fiesta.

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