sábado, 16 de julio de 2016

La peligrosa deriva del zoofascismo

La historia de la fanatización del pensamiento
Como escribe aquí José Aledón, no se pretende, por supuesto, equiparar a todos los defensores de los derechos de los animales con los nazis. Pero es bueno saber, siguiendo lo que se detalla en la Historia contemporánea, hasta dónde puede llegar una causa si el fanatismo y la intolerancia se apoderan de sus dirigentes y seguidores. Y es lo cierto que cuando hace un siglo se lanzaron las doctrinas que jerarquizaban a todos los seres vivos, se establecía una difusa diferenciación entre los seres humanos y los animales, hasta atribuirles a éstos últimos una supuesta condición de ser sujetos de derechos; en ocasiones, incluso, situándolos por delante de algunos grupos humanos. Hay lecciones de la historia que no conviene repetir.

José Aledón Escbrí

El típico zoofascista suele caracterizarse por creerse poseedor de una verdad que el resto de la Humanidad aún no ha descubierto. Procede entonces a proclamarla por todos los medios a su alcance, pacíficos y pedagógicos en un principio, coercitivos e incluso violentos después si lo estima conveniente.

Tomaremos como ejemplo a un grupo, extremadamente minoritario en su origen pero tremendamente influyente y poderoso cierto tiempo después. Tal grupo nació y creció básicamente en Alemania en los años veinte del siglo pasado. Hay que aclarar que dicho grupo derivó en partido político: el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes, contándose entre sus fundadores personajes como Rudolf Hess, Alfred Rosenberg, Hermann Goering, Heinrich Himmler y Adolf Hitler…

La protección animal no era algo coyuntural para el nazismo. Era una importante parte de su cosmovisión. Tal cosa la dejó meridianamente clara el citado Goering en un discurso radiado el 28 de agosto de 1933 a toda Alemania, siendo a la sazón ministro de Asuntos Prusianos, en el que se anunciaba la prohibición de la vivisección animal en Prusia. Pero la cosa no acababa ahí, Goering impuso severas restricciones a la caza, mayor y menor; se reguló el herrado de caballerías e incluso la cocción de cangrejos y langostas, amenazando con el envío del infractor a un campo de concentración (el primer campo de concentración para disidentes políticos fue abierto por los nazis en el término de la población bávara de Dachau en marzo de 1933, es decir, tan pronto accedieron al poder), lo que ocurrió con un pescador por descuartizar una rana para usarla como cebo. Entre los argumentos de Goering figuraba la ancestral y fraternal relación entre arios y animales.

El nazismo rendía culto a la Naturaleza, no estableciendo diferencia alguna entre hombres y animales aunque sí una rígida e infranqueable jerarquía entre las especies: en la cúspide se halla el hombre ario puro, en el nivel inmediato inferior se hallan los animales depredadores (siendo el lobo el paradigma del grupo, declarándolo especie protegida), vienen después los demás animales, hallándose finalmente los subhumanos (es decir, los no arios, en especial judíos y eslavos) o humanos de imitación, a los cuales no se les concedía ningún derecho.

Para demostrar que la cosa iba en serio, el 24 de noviembre de 1933 se promulgó la Ley de Protección Animal (Tierschutzgesetz), la primera del mundo en conceder derechos a los animales por sí mismos, no por razón utilitaria o compasión humana. Tal ley borró cualquier distinción entre animales domésticos y salvajes. Definió como sujetos de derecho “a todas las criaturas vivientes llamadas tanto en el lenguaje corriente como definidas en términos biológicos como animales. En un sentido penal no se hace distinción entre animales domésticos y salvajes, entre más o menos estimados así como entre útiles o dañinos para el hombre”. Ello, legal y prácticamente, elevaba a la fauna a categoría de persona (sujeto de derecho).

Que eso no es una exageración se demuestra en lo que Himmler, vegetariano como Hitler, escribió en una publicación de las SS en 1934, aseverando que “admiraba a aquellos alemanes que no mataban a las ratas sino que las consideraban como sus iguales”.

Estas creencias no eran, sin embargo, originales de los nacionalsocialistas alemanes, pues dentro del pensamiento romántico del nacionalismo germano del siglo XIX hallamos declaraciones como esta de Ernst Moritz Arndt, contenida en su escrito “Sobre el cuidado y conservación de los bosques” de 1815: “Cuando uno ve la naturaleza con la necesaria conectividad e interrelación, todas las cosas son igualmente importantes: hierbajo, gusano, planta, persona, piedra. Nada es primero ni último, sino todo en una única unidad”.

Eso explica la actitud del citado Himmler, cuando durante una gira por España entre los días 19 y 23 de octubre de 1940, se organiza una corrida de toros en su honor en la plaza de las Ventas (Madrid). Es muy interesante lo que dice  al respecto el escritor y periodista Ignacio Cossío:

“En aquella tarde del 20 de octubre de 1940, el ´Sócrates de San Bernardo´ [Pepe Luis Vázquez], que confirmaba la alternativa de manos de Marcial Lalanda y Rafael Ortega ´Gallito´, bordó el toreo e hizo una de las mejores faenas de su carrera. La corrida finalmente se tuvo que suspender tras el tercer toro por una copiosa lluvia que hizo impracticable el toreo en el ruedo. Tras departir con las autoridades subieron los maestros a saludar al máximo representante del ejército alemán y en éstas que el torero sevillano, Pepe Luis Vázquez, le preguntó al germano si le había agradado la corrida. El alto militar alemán le confesó que había vomitado en el tercer toro, puesto que no podía soportar semejante martirio y sufrimiento del pobre animal, afirmando que los españoles éramos unos sanguinarios por un espectáculo espeluznante”. (http://www.sevillataurina.com/index.php?option=com_content&view=article&id=7811).

Quizá alguien piense que, en el fondo, allá cada cual con sus preferencias o manías, pero, hay que decir que, generalmente, cuando se inclina tanto un platillo de la balanza protectora hacia el lado animal, el otro platillo da un salto en el vacío, estrellándose por ello, siempre e invariablemente, algún grupo humano.

Eso ocurrió en aquella Alemania nacionalsocialista y animalproteccionista, generándose un acoso legal a las prácticas religioso-alimentarias de los judíos, centrándose sobre todo en la prohibición de la “sechitá” o matanza ritual de los animales destinados a la alimentación humana, calificando a la comunidad judía como cruel, carente de sentimientos y de respeto a la naturaleza, como un pueblo sin raíces (no vinculado a ninguna tierra) que no merecía ni siquiera la consideración moral aplicada a los animales, justificando su acoso, persecución y, por último, su exterminio: los judíos oprimen a los animales luego defender al débil atacando al opresor es un deber moral.

Esa escalofriante retórica fue la empleada por el abogado personal de Hitler en 1930 durante una conferencia sobre el bienestar animal y la matanza ritual judía: “ya llegará el momento para salvar a los animales de la persecución perversa de subhumanos retrasados”.

Ya conocemos a lo que condujo esa lógica perversa: millones de hombres, mujeres y niños fueron aniquilados de todas las formas y maneras imaginables.

No se pretende, por supuesto, equiparar a todos los defensores de los derechos de los animales con los nazis, pero es bueno saber hasta dónde puede llegar una causa si el fanatismo y la intolerancia se apoderan de sus dirigentes y seguidores.

Otro ejemplo, esta vez individual, es el de Ivan Agueli, seudónimo del pintor sueco John Gustav Agelii (1869-1917), convertido al islamismo sufí después de pasar por la bohemia anarquista y el vegetarismo, defensor a ultranza de los derechos de los animales. Enterado de que, dentro de los actos que España organizaba en la Exposición Universal de Paris de 1900 había una corrida de toros a celebrar en la plaza de Deuil, localidad a las afueras de la capital gala, no tuvo otra ocurrencia que liarse a tiros con los toreros que iban a intervenir en el festejo. Así lo narra  Vicente Blasco Ibáñez en un artículo publicado en “El Pueblo” el 6 de junio de 1900, dos días después del suceso:

“Después de violentas polémicas entre los periódicos de París y de vencer los organizadores no pocos escrúpulos y objeciones de la autoridad, se ha verificado en los alrededores de la gran metrópoli la primera corrida de toros de muerte con acompañamiento de pedradas, palos y hasta tiros.

Según dicen los corresponsales de París, la plaza de Deuil se llenó, pero de un público hostil a la fiesta taurina, que silbó a los toreros y los apedreó, distinguiéndose un ciudadano sueco que, echando mano al revólver, disparó contra el matador francés Robert [Félix Robert, alias de Cacenabe Pierre (1862-1916)]  y el español “Chato” [Ramón Laborda “Chato”, banderillero aragonés], hiriendo a los dos [realmente sólo alcanzó al Chato en el brazo y costado izquierdo]”.

Estos zoofascistas se escudan en declaraciones de ciertos miembros de la comunidad científica para ejercer su presión social, publicando cartas en las que se leen frases como esta: “In conclusion, in light of the established connection between violence towards animals and violence towards humans, we join as scientists, scholars, and human service professionals from around the world and respectfully urge you to support the Popular Legislative Initiative, and ban bullfights”. Respectfully, Kenneth Shapiro, PhD in Clinical Psychology, Editor, Society and Animals Journal  (http://www.prou.cat/english/index.php?c=n.php&id_noticia=36&idiom=cast).

(Traducción: “En conclusión y en vista de la comprobada relación existente entre la violencia hacia animales y la violencia hacia los humanos, nos unimos en tanto que científicos, académicos y profesionales del derecho, alrededor del mundo y respetuosamente les instamos a apoyar la Iniciativa Legislativa Popular y a prohibir las corridas de toros”. Atentamente, Kenneth Shapiro, P.h.D. in Clinical Psychology, Editor, Society and Animals Journal).

Evidentemente, la defensa de los ejemplos de amor y solidaridad hacia el prójimo mostrados por esos denodados animalistas citados un poco más arriba, pondría en serios apuros a más de uno/a de esos 276 profesionales firmantes de la citada carta.
   
PD: Estos zoofascistas (animalistas) se han introducido más o menos subrepticiamente en los partidos políticos democráticos, sobre todo en los de izquierdas. Su objetivo es crear un sentimiento de culpabilidad social (basado en una  pseudo protección animal) en los militantes y afiliados con poco criterio y, una vez obnubilados, manejarlos a su antojo y ocupar los puestos de responsabilidad y mando.

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