sábado, 30 de julio de 2016

DESDE EL BARRIO: Roca Rey se desmarca

PACO AGUADO

Es lo que tiene esta forma actual de hacer "periodismo" taurino. El sometimiento a la escueta economía autárquica del toreo ha llevado a algunos a auto convencerse de que su subsistencia estriba en el generalizado criterio de que "to er mundo es güeno". Y pasa así que, entre churras y merinas, hay hechos a los que no se les da la suficiente importancia, si es que no pasan desapercibidos, en los monótonos, tópicos y precavidos análisis de los actuales "expertos".

Es el caso, por ejemplo, de la apabullante trayectoria de Andrés Roca Rey en esta su primera temporada de matador de alternativa, a la que, sí, se le está dando cobertura y bombo en los medios taurinos, sólo que a la misma altura y sobre la misma e injusta tabla rasa de importancia que se aplica con otros jóvenes espadas que, a fecha de hoy, se han quedado muy relegados tras el demarcaje del peruano.

Pero, una vez cumplida la primera parte de la temporada española y antes de que empiece a girar la rueda agotadora de los festejos de agosto y septiembre, ya se puede asegurar que Roca Rey es el máximo candidato a triunfador del año taurino europeo, a tenor de esa impresionante racha de triunfos que no distingue de tipos de toros ni de categorías de plazas: arrollando y saliendo a hombros desde Olivenza a Valencia, pero pasando así también nada menos que por Madrid, Pamplona, Arles, Burgos, Granada, Mont-de-Marsan, Alicante...

Desde la irresistible llegada de El Juli a finales de los noventas del pasado siglo, no había vuelto a darse un despegue con tanta fuerza ni similar al de Roca Rey, que no sólo se está codeando ya con las figuras sino que hasta les ha perdido el respeto. Y eso con sólo diecinueve primaveras cumplidas, menos de un año de alternativa y apenas sesenta corridas de toros en su haber.

Sólo estos hechos objetivos, más allá de la mayor o menor calidad artística de su toreo, merecen, desde luego, una consideración mediática de más profundo calado. En justicia, piden un reconocimiento del mismo nivel que lo que el joven suramericano está demostrando cada tarde en su ya imparable ascenso a la primera fila a base de esa ambición que se le exige a todo novel y de un desmesurado valor natural que sólo está al alcance de unos pocos.

A falta de pulir sus aún comprensibles carencias –el toreo a la verónica sigue siendo su gran asignatura pendiente–, Roca Rey está golpeando duro cada tarde que sale a los ruedos, básicamente porque arriesga y apuesta al máximo, aun a costa de sufrir aparatosos y escalofriantes percances como los que tuvo ante los toracos de Pamplona, pero de los que se levanta sin inmutarse y sin que se le mude "la coló", que diría un sevillano.

Por seguridad, descaro, serenidad, capacidad, solvencia muletera y hasta por su forma de llenar plaza, este joven pero ya maduro torero recuerda mucho a aquel Jesulín de Ubrique de los primeros años de matador, ese otro aspirante irrespetuoso que, tras la gravísima cornada de Zaragoza y antes de caer en la trampa de la masificación y las televisadas triviales, fue capaz de triunfar a golpe cantado por encima de cualquier circunstancia para subirse al tren del que se cayó en marcha.

Nacido hace sólo 19 años, cuando El Juli aún andaba de novillero por México, José Tomás apenas pensaba en su alternativa y Ponce iba tras la rueda de Joselito, Roca Rey también ha irrumpido así, con una inusitada solidez, en el banquete de las figuras, aunque, en su caso, sólo ha necesitado temporada y media, desde que, herido, salió a hombros de novillero en Las Ventas.

Pero tal vez esta histórica hazaña no haya sido reconocida todavía en su justa medida por unos medios mal acostumbrados a los estereotipos, a dividir a los toreros en cómodas categorías y a meterlos en un mismo saco, como ese ya caduco de los "jóvenes del relevo", sin hacer más distinciones que los de sus estrategias "comerciales" de supervivencia bajo mínimos.

Tiene, pues, en su contra este desbordado Roca Rey una situación mediática muy distinta a sus precedentes Juli y Jesulín, a los que no sólo la prensa taurina sino sobre todo la generalista dio suficiente difusión como para hacerlos populares entre el gran público que enseguida acudió a llenar las plazas a su reclamo.

Al peruano, lamentablemente, le costará más esa popularidad externa, la que eleva definitivamente a los toreros al rango superior, pero, de momento, a base de titulares y de salidas a hombros, ha conseguido desmarcarse del resto de los de su generación en el boca a boca y la estimación de los aficionados, un cauce seguro y consistente que lleva mucho más lejos que la falsedad de las publicidades encubiertas.

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