jueves, 14 de julio de 2016

DESDE EL BARRIO: No será en vano


PACO AGUADO

La muerte de un torero sobre la arena siempre ha tenido consecuencias añadidas más allá de la propia tragedia. Y también la última, la de Vïctor Barrio: la sangre derramada, el corazón quebrado, la vida segada del joven mártir segoviano no lo serán en vano, porque van a hacer ganar al toreo, al menos, una importante batalla en la guerra contra el antitaurinismo.

Ya a mediados de los años ochenta del pasado siglo, las muertes de Paquirri y de Yiyo frenaron, como una seca bofetada en pleno rostro, las insidias, la furia, la mentira y el negocio de una parte de la crítica; esa misma prensa lenguaraz e irresponsable que, vendiéndose como "independiente", degeneró el ejerció del periodismo taurino desde el necesario regeneracionismo de los sesenta hasta un insoportable y rentable divismo a base de escupir sobre el prestigio de los toreros y de la propia fiesta de los toros.

Como si fuera necesario ese previo tributo de sangre, aquellas dos muertes, de descomunal repercusión mediática, abrieron las puertas de la última gran época en la historia de las corridas de toros, con la que años después acabó el veneno de la masificación y la frivolidad que trajeron las vacas gordas del ladrillo y el derroche.

Hoy que las circunstancias son otras, los enemigos mediáticos ya no están dentro sino que disparan desde fuera con potente munición. Y son cada vez más numerosos, porque han jugado también con un determinante factor a su favor: que a la sociedad y, quizá también a la propia gente del toro, parecía habérsele olvidado que los toros matan y que, de vez en cuando, los "asesinos" que ellos señalan también mueren sobre el palenque.

Desde que el 28 de julio de 1996 Curro Valencia –el banderillero olvidado estos días en los partes de guerra retrospectivos– dejó su vida en las astas de un cuatreño en el circo de la calle de Játiva, estaban ya a punto de cumplirse veinte años sin que muriera un torero en plazas europeas.

Pero cuatro años antes que él ya habían caído, en la Sevilla de los fastos del 92, Manolo Montoliú y Ramón Soto Vargas; y aún a finales de los ochentas, en plena feria de San Isidro, también el llorado Campeño. Esos cuatro toreros de plata fueron las últimas víctimas del toro en el siglo XX; Víctor Barrio ha sido la primera del XXI.

Entre aquellas tragedias y ésta que aún nos sacude el alma han pasado dos décadas en las que España ha cambiado tanto, para bien, como para que no sólo los avances de la medicina sino también la excelente organización sanitaria y asistencial hayan evitado que la lista de víctimas del toreo se engrosara con, al menos, otra docena.

Con esas inmejorables estructuras, los médicos han conseguido que no tuvieran consecuencias fatales tantas cornadas de gravísimos efectos vasculares como se han producido en todo ese tiempo. Sin ir más atrás, la sufrida por Manuel Escribano hace apenas dos semanas en Alicante. Y es que la guadaña de la catrina sólo ha conseguido sus objetivos cuando las astas han tomado el camino del corazón.

Pero se hace evidente que también ha habido cambios, y para muy mal, al comprobar cómo una noticia de fuerte calado como la que se produjo el sábado ha pasado de conmover a alegrar a una sociedad de criterios tan desnortados. La tragedia de Teruel ha producido más bilis que lágrimas, sobre todo en todas esas tripas negras que se radiografían al trasluz de las redes sociales.

La incivilizada, inhumana, vomitiva y delictiva reacción de esa España nunca enterrada del matonismo y el odio ha sido tan llamativa y obscena que ha retratado definitivamente a los enemigos del toreo, que lo son también de la convivencia y la cultura. Y, de una vez por todas, parece que la gente normal, la inmensa mayoría silenciosa, más allá de sus gustos, está dándose cuenta de esta evidencia hasta ahora oculta tras la hipocresía de lo políticamente correcto.

En la prensa generalista, afortunadamente, se ha escrito y se ha hablado mucho sobre un asunto tan inquietante en estos dos días de luto e indignación. Y la sensatez de los columnistas y opinadores profesionales está contribuyendo a extender entre la opinión pública la sensación de peligro y la imagen realmente negativa del inhumano animalismo que amenazaba con invadir las mentes a través de los nuevos cauces de la manipulada red cibernética.

La gente común, la que sólo quiere vivir en paz sin agredir a los demás, se está dando cuenta, ahora más que nunca, de que quienes valoran la vida de un animal mucho más que la de una persona, a la que vejan e insultan aún rodeada de cirios, sólo son los afectados por una grave enfermedad mental y espiritual.

La muerte de Víctor Barrio, como consuelo de todos que probablemente no les servirá a los suyos, no será en vano, porque, como la de Paquirri y la de Yiyo, ha llegado en el oportuno momento, en la fase más crítica de una dura batalla por la dignidad, para devolverle a la fiesta el respeto y la grandeza que tantos le negaban. Gracias por todo, TORERO.

No hay comentarios:

Publicar un comentario