jueves, 14 de julio de 2016

FERIA DE SAN FERMÍN – NOVENO FESTEJO: Otra lección práctica de Dávila con Miura

El torero de Sevilla cobra la estocada de la feria y corta la única oreja al mejor toro de una miurada falta de poder pero no exenta de complicaciones. *** Rafaelilo y Javier Castaño dieron sendas vueltas al ruedo tras negar la presidencia mayoritarias peticiones.
ZABALA DE LA SERNA
@zabaladelaserna
Diario ELMUNDO de Madrid

Miura y San Fermín cumplían este jueves 50 años inseparables, 50 corridas consecutivas juntos. Se dice pronto. Lealtad inquebrantable entre el hierro legendario de Zahariche y la Casa de Misericordia de mi querido Ignacio Cía. Que sean aficiones tan opuestas como las de Sevilla y Pamplona sus feudos, no deja de llamar la atención. Y, mientras otras ganaderías vienen y van, los miuras siempre vuelven sobre el albero de la Maestranza, sobre la arena pamplonesa. Pase lo que pase.

A la celebración de la efemérides se apuntó Dávila Miura. Como si fuese una fiesta matar la corrida de Miura en Pamplona. Qué tío. La preparación y mentalización de Eduardo se notó en el físico y en el temple. Doble mérito para quien se retiró en 2006. El cárdeno, alto y bizco toro quiso colocar bien la cara desde el sevillano le presentó el capote sin violencia. Hasta una media verónica de suave cadencia. No admitía el miura otra cosa en su limitada fortaleza. Mas la fijeza y la nobleza contaron.

Brindó al público y al cielo Dávila y se puso pronto a tratar bien al toro de la casa. Perdiéndole pasos, despacio, sin un tirón sobre la mano derecha. Hubo un pase de pecho monumental. Y sitio como como si no se hubiera retirado hace una década; el miura también dejaba estar. Y estuvo el torero como en una lección para todos sus alumnos prácticos de España. De colocación, cabeza y ejecución. La embestida noble y humillada hasta un límite molestaba menos que el vientecillo travieso. El soberbio volapié, la estocada de la feria, como en Abril de 2015 pero todavía mejor, le entregó una oreja con todas las de la ley.

Brindó Dávila Miura a su tío Antonio el quinto de 620 kilos. Un miura que manseó llamado «Zahonero». Y como si Eduardo llevase zahones, el pitón resbaló por la banda de la taleguilla hasta ir a parar debajo del chaleco. Como instintivamente. Y con otro instinto, el de supervivencia, Dávila se agarró a la pala. Un susto de bemoles. Afortunadamente, no hubo más daños que la torera prenda. No perdió la calma. Para admirar además cómo manejó las distancias, el unipase, las alturas, al miura, o sea. Nada fácil. Y al final de tanto querer se pasó de faena. No colaboró en la suerte suprema el toro que jamás humilló, y ahora el acero lo único que trajo fue la incertidumbre de los avisos; el manso se puso huidizo. Un golpe de descabello finiquitó la angustia del reloj y el tercer aviso. Final feliz y sueño cumplido, torero.

Un miureño no deja de ser un miureño aunque le falte el poder (que fue lo que le faltó a la corrida, pero no complicaciones). O eso parecía el colorado que abría plaza. Pero a Rafaelillo le sacó el aire con sus cortos viajes, su no pasar, su manera de hacer hilo. Si era con aquella aparente falta de fuerza y casi se lo come, ¿qué merienda no se habría pegado si la saca? Rafael resolvió sobre las piernas, con su curtido oficio y un espadazo.

Otro serio encuentro en la suerte suprema fue el de Javier Castaño, que sustituía a Manuel Escribano, con un tercero de amplia cuna. Una testa que casi lo atrapa en el embroque. Como un abrazo pendenciero. Castaño escapó de milagro con el objetivo cumplido. Nada fácil cazar esa estocada. Como nada fácil fue un toro que se lo pensaba y sacudía su inmensa cabeza desde su inicial blandura. Javier dio finalmente, tras una petición desatendida, una vuelta al ruedo para premiar su constancia irreductible.

Con otra larga cambiada de rodillas, como en el suyo anterior, saludó Rafaelillo al descomunal cuarto. Un rascacielos con los pies de barro que un estrellón contra un burladero dejó casi K.O. El murciano se inventó la faena entre viajes quedos, codazos defensivos y ásperos movimientos. Un esfuerzo que remató yéndose tras la espada muy recto, más en la ejecución que en la colocación. Pero, como con Castaño, la presidencia optó salvaguardar la oreja. Como si fuera suya.

El código luciferino del ADN miureño se encendió como una luz de alarma en el sexto. Una prenda. Fernando Sánchez se la jugó con los palos con un par (los suyos); Javier Castaño también sufrió muleta en mano. Violencia que acarreó desarmes y un mal trago. Castaño abandonó la plaza por su propio pie, lo que siempre se considera una victoria en estas corridas.

MIURA | Rafaelillo, Dávila Miura y Castaño
Monumental de Pamplona. Jueves, 14 de julio de 2016. Última de feria. Lleno.
Toros de Miura, muy serios, en el tipo de la casa; destacó el noble 2º; no pasaba el 1º; manso sin humillar el 5º; dañado y a la defensiva el 4º; mirón y áspero un 3º de suelta cara; malo y orientado el 6º; en conjunto faltó poder pero no complicaciones.
Rafaelillo, de azul pavo y oro. Estocada (saludos). En el cuarto, estocada desprendida (petición y vuelta).
Dávila Miura, de azul marino y oro. Gran estocada (oreja). En el quinto, pinchazo, otro hondo y dos descabellos. Dos avisos (saludos).
Javier Castaño, de nazareno y oro. Estocada y descabello (petición y descabello). En el sexto, estocada atravesada que escupe y descabello (ovación de despedida).

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