jueves, 30 de mayo de 2013

FERIA DE SAN ISIDRO – VIGESIMOSEGUNDO FESTEJO: Espectáculo


FERNÁNDEZ ROMÁN
Cuando para explicar este juego de vida y muerte que es la Tauromaquia, nos metemos en profundidades primigenias, asegurando que los toros son un rito ancestral y nos remontamos a la más arcana de las antigüedades, probablemente estaremos haciendo un  ejercicio de memoria histórica irrefutable, pero no por ello hemos de dejar de reconocer que, salvo en casos excepcionales en los que aparece la obra maestra (la obra de arte por excelencia), los toros son un espectáculo, es decir, la representación de una función cara al público, en el cual tanto los intérpretes como quienes les contemplan adquieren un protagonismo de lo más activo. Actores: toro y torero; contempladores: el público.

Un espectáculo, pues, fue lo que ayer presenciaron algo más de veinte mil gentes en la plaza de Las Ventas. Espectacular, la presentación del ganado. Puro Saltillo, con su musculada anatomía apretada por el corsé de sus capas grises, las caras afiladas, hocicos de rata, pezuñas finas y cuernas aceradas y arremangadas. En esta cuestión, Adolfo le ganó la partida a Victorino por goleada. Cantada está la bella estampa de los toros que salieron ayer al ruedo de la Monumental de Madrid. Después, el juego fue otro cantar: entre las explosivas arrancadas de salida a caballos y capotes y la acometida postrera taciturna de media corrida, habrá que intercalar la nobleza hocicada de dos ejemplares, pasando por las aviesas miradas que el ovoide del ojo de estos toros les echan de vez en cuando a los toreros o la rebañadas que pegan cuando tiran del hilo de la memoria. Por tanto, en cuanto a comportamiento, corrida variada. Hubo de todo.

Ahora bien, para variedad, la de Antonio Ferrera, uno de los toreros que con mayor firmeza pisa la arena de los ruedos actualmente. Como lo leen. Buena prueba de ello fue la seguridad y el mando con los que se empleó en el toro que abrió la corrida, un “adolfo” que no admitía dudas y tomaba los engaños con escasa convicción. Magnífico Ferrera, clarividente, autoritario, improvisador, sorpresivo. Le pidieron la oreja de ese toro con poco entusiasmo, pero se llevó la del cuarto, un cornipaso viejo, acarnerado, al que toreó de forma magnífica a la verónica, ganado terreno en cada lance. Se arrancó el toro como un tren a la primera vara y derribó con estrépito, pero, después, no quiso ir al caballo a 30 metros, ni a quince, sino a poco más de dos, y fue espaciando su chispeante y brava embestida, hasta apagarse claramente mediada la faena de muleta. Antonio Ferrera comenzó toreando con limpieza, acabó arrimándose a los cuernos hasta dejarse rozar el delantero de la chaquetilla y mató al “adolfo” de una estocada de correcta ejecución. Antes, en banderillas, había protagonizado su particular espectáculo, con una puesta en escena realmente novedosa, colocando al toro en suerte a punta de capote o a cuerpo limpio. Se embrocó bien, metiendo los brazos por encima de la balconada del testuz y su peculiar brinquito apoyándose en los palos –también en el anterior—y quebró en tablas con seguridad y acierto. No diga espectáculo, diga Ferrera. ¿No querían variedad?

Hablando de banderillas y banderilleros, los dos de la cuadrilla de Javier Castaño son, de verdad, antológicos. No se me ocurre un calificativo que mejor les cuadre a David Adalid y Fernando Sánchez. Una pareja para reforzar carteles. Los muy veteranos aficionados recordarían a Luís González y Julio Pérez “Vito”, y sin duda, el maestro Jaime Ostos –que oficia por las noches de comentarista taurino de televisión, con notable acierto— sería el que más sentiría el cosquilleo de la nostalgia. Son dos banderilleros sencillamente prodigiosos. Encuentran toro en todos los terrenos. Adalid, un palillo enjuto vestido de luces, cuartea con seguridad pasmosa y clava con gran precisión en todo lo alto, y Fernando Sánchez,  le entra jacarandoso al toro, con los rehiletes apuntando a la arena, y se reúne con él en estrechuras inverosímiles. Magistrales, los dos. Otro espectáculo. A ellos se les unió el picador Tito Sandoval, en el tercio de varas del sexto toro (quinto, de lidia ordinaria), toreando con el caballo, picando arriba y poniendo la plaza boca abajo. ¡Qué cuadrilla, señores!

Si Antonio Ferrera consiguió atraer la atención del público, Javier Castaño fue el que realizó la faena de la tarde. Fue en ese toro que salió, a turno corrido, en sexto lugar. Arropado todavía por el clamoreo que desataron sus banderilleros, Castaño aprovechó la nobleza del toro por el pitón izquierdo y extrajo algunos naturales largos y templados, dando al animal ese pelín de sitio que necesitaba para no sentirse agobiado en el muletazo siguiente. Mientras el toro tuvo fuelle en sus pulmones y casta brava en su depósito, podría decirse que el torero le sacó el mejor y mayor partido. Iba para premio gordo la faena, pero la espada entró tarde y mal. Javier Castaño, que se llevó la alimaña de la corrida –el segundo toro—y un pitonazo que le obligó a ser intervenido en la enfermería, deja abiertas todas las expectativas para la corrida del sábado.

Alberto Aguilar recompuso el cartel para cubrir el hueco de Fandiño, aún no recuperado de su reciente cornada. Su primer toro, tercero de la tarde, tenía un pitón izquierdo de lo más potable, pero el torero se la presentó por este lado demasiado tarde. Fue, quizá, el toro más bravo y más noble de la corrida de Adolfo Martín, y Alberto consiguió algunos naturales de bella compostura, mientras el toro daba con el belfo en los flecos de la muleta, recetando una valerosa estocada. Saludó una merecida ovación, y aunque no pudo encontrar otro lucimiento que el eficaz macheteo al otro toro complicado de Adolfo, jugado en quinto lugar, es uno de los toreros que sale reforzado de esta feria de San Isidro.

Cuando la anochecida se echaba sobre nuestras cabezas, y Javier Castaño daba una ovacionada y consensuada vuelta el ruedo, un espectador sonreía al infinito mientras lanzaba a no sé quién este mensaje desde el teléfono móvil: “¿La corrida?, solo una oreja; pero, oye ¡¡es-pec-ta-cu-lar!!”. (Que viene de espectáculo).

FICHA DEL FESTEJO
Jueves 30 de mayo. Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro, 22ª de abono. Ganadería: Adolfo Martín: Corrida muy bien presentada, dentro del tipo clásico del encaste, con cinco toros cinqueños y un cuatreño (el primero, único que sobrepesó en la báscula), prometedores en los primeros tercios, pero, en general, escasos de fondo. Nobles tercero  y sexto, bravo y a menos el cuarto, complicados primero y quinto, con ribetes de alimaña el segundo.
Espadas: Antonio Ferrera (de azul noche y oro), estocada (Petición y gran ovación), estocada y descabello (Oreja), Javier Castaño (de gris perla y oro con remates negros), entera tendida y trasera (Silencio), pinchazo, media y descabello  (Aviso y vuelta) y Alberto Aguilar, que sustituía a Iván Fandiño (de blanco y plata), estocada (Ovación), dos pinchazos, media y descabello (Aviso y silencio).
Entrada: Casi lleno.
Cuadrillas: David Adalid y Fernando Sánchez, levantaron clamores en banderillas y saludaron montera en mano en los dos toros de Castaño; bregó con eficacia Rafael González y picó magistralmente al sexto Tito Sandoval.

Incidencias: Tarde soleada, con ligero viento. *** Se corrió turno en el quinto toro por encontrarse en la enfermería Javier Castaño, herido en la mano derecha.

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