viernes, 19 de enero de 2018

El toro, única garantía en el espectáculo

A propósito de lo que ocurre en México
En dos de sus últimos artículos, el historiador José Francisco Coello Ugalde se refiere al toro de lidia en el contexto de la tauromaquia mexicana. Dos referencias especialmente oportunas, cuando lo que hoy se pide es, precisamente, la integridad del toro de lidia. La cabaña de bravo ser muy especial: la resultante de una larga evolución filogenética, cuyos resultados luego son un tanto imprevisibles, pese la labor callada y compleja que llevan a cabo sus criadores. Y es que el aficionado que acude a los tendidos lo que quiere ver es, simple y sencillamente, un espectáculo digno, no sumido en ningún tipo de polarización y a la altura de todos aquellos que, de alguna manera han alcanzado la "calidad total.

José Francisco Coello Ugalde, historiador

Cuando el público, la afición se va de las plazas de toros, no es casual ni gratuito. Hay suficientes motivos de peso que obligan a esta forzosa decisión. Si un espectáculo no tiene la escala o el nivel congruentes con lo que se paga en taquilla, el espectador prefiere no dejar dos pesos por algo que vale centavos. Si ve permanentemente salir por toriles ganado con las condiciones señaladas por un reglamento que nos habla del toro de cuatro años de edad y 450 kilos de peso, y que no pide otra cosa más que se cumpla con estos requisitos, la desilusión nos invade y no habiendo otro estímulo, preferimos irnos. Pero se quedan aquellos que, o son quienes montan el espectáculo y colaboran en él sin darse cuenta que con ese fomento afectan radicalmente la imagen del espectáculo, o porque su terquedad y obsesión han caído bajo el encanto del poder.

Como un médico, mi diagnóstico, luego de conocer algunos de los síntomas, me dice que, en tanto patológicos, y de seguir ese cuadro, pronto se darán menos corridas en las plazas de toros, no por incosteables, sino porque el negocio no se ha realizado a cabalidad.

El caso de la plaza de toros “México” es significativo. Desde que el Dr. Rafael Herrerías Olea tomó las riendas del coso capitalino, y que manejó el mismo de manera incorrecta, logró hacer de esto un fracaso permanente (aunque se mencionen cifras, números y demás posibles ventajas de su presencia e influencia, si lo único que se tuvo como balance fue el de una crisis generalizada de la que aún se percibe el lamentable saldo). Se entiende que el empresario, cumple con lo indicado en la Ley para la celebración de espectáculos públicos en el Distrito Federal, en su art. 43, fracciones I a VIII y si ante las autoridades cubre esos requisitos, todo aquello que soporta documentalmente una temporada debería cumplirse a cabalidad. Lamentablemente también la autoridad quedó sujeta a caprichos e imposiciones que la redujeron a la triste figura decorativa.

Pero ante el desastre, ¿quien debe rendir cuentas?

Si las leyes, siendo tan claras se enturbian entre negociaciones, arreglos o “enjuagues”, es posible que el resultado sea una criatura, hija del mal, engendro no tolerado por la afición, que se da cuenta claramente del “abuso de confianza” en que está convertido el engaño, la tomada de pelo.

¿Cómo controlar todo esto?

Muy sencillo. Cumpliendo legítimamente con todo lo requerido en el proceso de autorización de una temporada, cuando la empresa presenta la documentación solicitada, misma que se aprueba por la autoridad correspondiente; y en el entendido de que no existe inconveniente alguno, se da el visto bueno. Más tarde, y durante el curso de la temporada, los jueces deben dar fe y testimonio del cumplimiento, agregando a lo anterior, los resultados del examen post-mortem (que por cierto dejó de practicarse) cuyos datos son definitivos para corroborar si la edad del toro corresponde al dato proporcionado por el ganadero (bajo protesta de decir verdad), y en consecuencia es la misma. De no ser así, deben aplicarse las sanciones a que tenga lugar la infracción.

Ahora bien, de un tiempo a esta fecha, hemos visto toros y novillos que ni por casualidad dan ya no tanto el peso, sino la edad que dice el ganadero tener él o los toros que vendió a la empresa, lo que insinúa un mal, un pésimo arreglo de complicidades, del que, únicamente pierden de vista el costo que significa el alejamiento de los aficionados, quizá el costo más elevado, porque es esta parte la que mantiene el espectáculo y no lo otro.

El hecho de que se sostenga la mentira provoca la pérdida del interés ocasionado en el aficionado, al que se le ha arrebatado uno de los factores esenciales en el espectáculo: la emoción provocada por un toro en la plaza, un toro que requiere haber cumplido nada más –insisto por la lógica del sentido común- los cuatro años y 450 kilos de peso reglamentarios, con la idea de que no sean aparentes sino lo más reales posibles. De otra forma reincide el engaño, la mentira, y con la mentira no se puede jugar (o se hace bien o no es mentira), que para eso están los resultados a la vista. En cuanto haya un retorno legítimo del toro a las plazas, regresará también el aficionado. En cuanto se nos cobre lo justo y no haya imposiciones de ninguna especie, sentiremos que los impedimentos habrán desaparecido. Las cosas volverán a ser mejores. Y no crean que estoy idealizando, ni fascinado por la utopía. Las plazas recuperarán su colorido, como el espectáculo su integridad.

Cuando la autoridad se sienta respaldada por las leyes pero no coartada por amenazas oscuras, este espectáculo recuperará glorias perdidas. El Juez es la máxima autoridad en la plaza, incluso es representante directo del Jefe de Gobierno, lo que eleva su estatura, y si aplica el reglamento de manera adecuada y congruente; siempre a favor de la razón, lo que podemos esperar es el curso de un espectáculo en condiciones favorables.

Que pedimos mucho, sinceramente no. La verdad es que queremos simple y sencillamente un espectáculo digno, no sumido en ningún tipo de polarización y a la altura de todos aquellos que, de alguna manera han alcanzado la “calidad total”.

Incluso, conviene recordar una acertada síntesis sobre las opiniones emitidas por varios ganaderos quienes, en 1991 fueron entrevistados por Octavio Torres, colaborador en la recordada revista Torerísimo, N° 2 de marzo o abril:

Un toro es un ser muy especial: la resultante de una larga evolución filogenética, un metazoario superior con simetría bilateral. Un toro es lo que debe salir por la puerta de toriles. Un toro es aquel que persigue con celo a los banderilleros y el que se recarga fuertemente en los caballos, apencando el rabo. Un toro es lo que quiere ver el aficionado cuando paga su boleto. Un toro es un toro. Un toro no es aquel que se cae o aquel que brinca al callejón. Un toro no es un novillo, es un toro. Un toro es eso: un toro.

Nuestros tiempos, la madurez a la que hemos llegado como país, no merecen un espectáculo como el que pretenden darnos a la fuerza, a base de mentiras y del que terminamos siendo cómplices, sin quererlo ni desearlo. Vamos por una fiesta más digna, demandemos el cumplimiento sin cortapisas de un reglamento (instrumento legal para el que ya va siendo hora de hacerle ajustes, de ponerlo en la realidad de los tiempos que corren) que es fruto de un espíritu que pretende el desarrollo normal de un espectáculo entendido ya como un patrimonio, y no del capricho de unos cuantos, como a veces llegan a entenderlo quienes no quieren dar la cara a la legalidad, o lo que, en una palabra se reduce a la verdad de las cosas.

Recordemos que lo que bien empieza, bien acaba.

Raza y encaste van de la mano

Hablamos de toros bravos y de toros mansos, entre cuyos extremos se da una escala de valores representada en múltiples comportamientos como resultado del esfuerzo impreso por su criador, el ganadero. En la gama de condiciones que permiten ver esplendor o degeneración del toro en la plaza, se encuentran los encastes como propósito de cruzamiento y refresco de la casta de una ganadería.

Raza y encaste van de la mano. Una y otra se complementan en el tiempo y como aspecto formativo en las diversas castas que constituyen las raíces fundacionales cuyo origen se va hasta finales del siglo XVIII en España y un siglo después en nuestro país.

Este toro, luego de arrancar el corbatín de un diestro, parece haber obtenido momentáneamente un trofeo entre la vida y la muerte…

El encaste se afirma plasmando conocimientos y experiencias surgidas en la selección, las notas de tienta, la reata, y otros procedimientos como el derribo al acoso, tienta a campo abierto y a plaza cerrada, así como un buen régimen alimenticio. Todo ese conjunto de actividades es la fórmula mágica que nos entrega un toro anatómicamente perfecto, de piel lustrosa, pitones desarrollados y confirmados por la edad, ya sea de 3 a 5 años, si son novillos; de 4 a 6 si llegan a la edad adulta, cuando alcanzan la edad de toros.

Desgraciadamente la “fórmula mágica”· no comprende el idealismo de que todo toro seleccionado es bravo por antonomasia. En el ruedo la situación es distinta. Antonio Llaguno ganadero-señor sentenciaba: “Los toros no tienen palabra de honor”. De ese modo, el esfuerzo del criador emerge o se sumerge según el comportamiento del toro en la lidia.

El encaste se pone a prueba de modo rotundo y con todos sus riesgos. Si bien, el papel del ganadero tiene implicaciones dirigidas a la meta por obtener un burel que cumpla el perfil de lo que es un toro bravo, sin más.

Este otro, de tanto arremeter en la muleta, y si esta no va bien controlada y templada por el matador, suele convertirse en girones, como podemos observarlo.

Un padre y una madre pueden formar a los hijos durante su desarrollo, hasta la edad adulta. El ganadero solo puede criar, pero no puede inducir ningún factor de educación en el toro. Y lo consigue en función de aquellos elementos con que cuenta, cumpliendo con normas tradicionales, aplicando su muy particular rigor de selección, a veces tiránico, a veces templado, quizá por las circunstancias en que se interioriza la misión del ganadero allá, en el campo bravo.

Muestra evidente de que puede haber toros en la medida en que los ganaderos se propongan tal objetivo. Se trata del toro “Toronjero”, de Zotoluca, que toreó y mató estupendamente Joaquín Rodríguez “Cagancho” el 24 de noviembre de 1935 en la plaza “El Toreo”.

Se agregaría la intervención de avances tecnológicos de punta, que probablemente no alcanzan a definir al 100 % el objetivo esencial que busca el ganadero; pero también el torero, el aficionado, la prensa…

Todos los que en conjunto comulgamos con la fiesta, esperamos que siga la cosecha de toros bravos, a pesar de que se dice lo contrario, y hasta se aguardan resurrecciones, como si con ello se manifestara que “todo pasado fue mejor”, muletilla que rechazo.

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