domingo, 20 de septiembre de 2015

FERIA DE LA VENDIMIA EN NIMES – Se juega el pellejo Roca Rey

Alternativa emocionantísima del torero peruano. Ponce firma una faena relevante y poderosa con un toro difícil. Alardes soberbios de Juan Bautista con los aceros. Corrida de tres hierros y muy desigual. Un excelente juampedro.
Andrés Roca Rey, nuevo matador de toros del Perú.
BARQUERITO
Foto: EFE

LA MATINAL DEL SÁBADO de la Vendimia –Diego Ventura y El Juli, y más nadie- fue una corrida pastiche. Dos de los tres toros de Victoriano del Río que El Juli mató no tenían el menor trapío. El otro pasó por mínimos. Inválidos los tres. El Juli firmó alguna cosa suelta notable, pero estuvo desdichadísimo con la espada. De los tres toros despuntados de Sampedro que toreó Ventura, el primero fue excelente; los otros dos se apagaron tras llevar clavada una decena de hierros en el morrillo. Esos dos fueron muy enmorrillados. Como dianas. Mucha gente, más de dos horas, mucho calor. Un espectáculo impropio de feria mayor.

La corrida vespertina, del cupo de las interminables, fue un chorro de emociones. Se esperaba y anunciaba la alternativa de Roca Rey como uno de los dos acontecimientos de la feria. Y lo fue. Por una razón irrebatible: el joven torero peruano se jugó alegre o dramáticamente la vida. Sin trampa ni cartón, sin renunciar a nada, desafiante. Desde el mismo comienzo –siete mandiles ceñidísimos para saludar al toro de la alternativa, de Victoriano del Río, bien armado- hasta la hora de enterrar arriba la espada para acabar con un sexto bis, sobrero del propio Victoriano, que no hizo más que pegar hachazos, tarascadas, gañafones y cornadas al aire.

Toro descompuesto, revoltoso, violentísimo, tan agrio como el que más. La bayoneta calada, las antenas puestas, pura gresca. No es que fuera toro de sentido –tuvo a su merced a Roca Rey tendido en el suelo e inerme y no llegó a hacer por él- sino que solo se defendía a trastazos. Habría procedido una faena de castigo y aliño, y fuera. Pero Ponce y Juan Bautista llevaban para entonces un botín de tres orejas cada uno, y Roca se sintió obligado a igualarlos en premios.

Habría podido ser con el sexto de sorteo, uno de Juan Pedro Domecq gacho, abierto de palas y negro zaino, que se lastimó al cobrar la primera vara, se quedó cojo y fue devuelto. Roca puso a la gente de pie al lancear de capa con arrojo insuperable: el capote a la espalda y en los medios sin más preámbulos, gaoneras de ajuste mayúsculo, una larga cambiada de rodillas y otra en la suerte natural y en vertical de lindo dibujo; y un galleo de frente por detrás. Casi todo en el mismo paquete. Pareció empezar otra corrida.

Retomar el hilo después de los triunfos bastante redondos de Ponce y Juan Bautista parecía misión imposible. No para este torero nuevo tan ambicioso, que ya en el toro de la alternativa anduvo firmísimo, relajado, caído de hombros, toreando con los vuelos, o intentándolo al menos en serio. A ese primero lo mató de buena estocada con vómito. Al sexto de un sopapo formidable. Una cogida pareció abrirle la herida todavía sin curar del toro del muslo derecho. Roca Rey celebró el triunfo cojeando. Éxitos paliativos del dolor. Gran escaramuza.

Los cuatro toros restantes fueron distintos de todo: de hechuras y condición. Salió beneficiado Juan Bautista, porque el tercero fue, de los cuatro de los Del Río, el de mejor aire: fijeza, nobleza, entrega y ritmo; y el quinto, de Juan Pedro, remangado pero estrecho de sienes, finas cañas, gran remate, tuvo bravo son pero no se negó a nada. Estaba o estaría rendido tras una faena de no perdonar ni una baza, pero todavía tuvo el detalle de arrancarse al cite de Juan Bautista a recibir con la espada. Y, hasta el puño el estoque, la generosidad de rodar sin puntilla.

Juan Bautista hizo del descabello del toro de Victoriano que mató por delante un espectáculo de arte. Mandó taparse a todo el mundo, la muleta blandida y jugada con la zurda, y despenó con impecable puntería al toro. Con los dos supo templarse, aunque abusando del toreo ecléctico tan del gusto francés, que intercala y salpica las series en la suerte natural con juegos de manos, toreo cambiado, faroles y, siempre, espléndidos pases de pecho. Roca Rey había salido a quitar al quinto algo temerariamente –chicuelinas y tafalleras, una buena revolera- y la réplica de Juan Bautista fue terminante: crinolinas, gaonera y revolera. Y ahí queda eso.

De las dos faenas de Ponce la mejor con diferencia fue la primera porque el toro de Victoriano no llevaba las orejas colgando precisamente. Hubo que pelearse. Apareció el Ponce de formación y poder camperos, dominador, sabio saco de recursos, inteligencia para administrar las alturas del toro sin violentarlo, suavidad cuando el toro pidió la cuenta. Y valor. Y una notable estocada de la que salió cojeando.
La cojera iba a condicionar los terrenos de la otra faena tanto como un ligero viento que en tablas revolvía demasiado. Toro pajuno, apagadito, edulcorado, cuyo fondo de bravura solo apareció a la hora de doblar con una resistencia impensada. El trabajo de Ponce, teatralizado hasta la exageración –cosas de aquel Javier Conde que aquí tuvo su público-, tuvo su parte pomposa y hueca, pero también pulso del bueno para aquilatar las medias embestidas casi agónicas del toro, venido abajo en tablas. Las pausas se celebraron como si fuera toreo del caro. Después de vender humo al peso, Ponce tuvo el gesto de tirarse a matar como si le fuera en el empeño no se sabe cuánto.

FICHA DE LA CORRIDA
4ª de la Vendimia. Lleno esponjado. Soleado, fresquito, algo ventoso. Dos horas y cincuenta y cinco minutos de función.
Cuatro toros de Victoriano del Río -1º y 6º bis, con el hierro de su nombre, y 2º y 3º, con el de Toros de Cortés- y dos toros -4º y 5º- de Juan Pedro Domecq.
Enrique Ponce, oreja y dos orejas tras dos avisos.
Juan Bautista, oreja tras un aviso y dos orejas tras un aviso.
Andrés Roca Rey, que tomó la alternativa, oreja y oreja.
Picaron bien Puchano y Paco María a segundo y quinto. Ovacionado Iván García tras banderillear al primero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario