martes, 30 de junio de 2015

El cambio

La sociedad ha cambiado, la Tauromaquia sigue inamovible
José Aledón, un estudioso acreditado sobre la Tauromaquia, se plantea en este  artículo una cuestión de fondo muy relevante. Parte de una constatación evidente: Todos estamos de acuerdo en que la sociedad española de 2015 tiene poco que  ver con la de, por ejemplo, 1975. Han cambiado profundamente; sin embargo, en sus aspectos fundamentales casi nada ha cambiado en la Tauromaquia, es decir,  en la corrida de toros, desde hace ya muchas --demasiadas-- décadas. Y frente a  esta contraposición plantea la gran pregunta: "¿qué cambios deberían llevarse a  cabo en ella para conservar su lugar en la España del siglo XXI?".

JOSÉ ALEDÓN         

No, no es éste un artículo sobre política aunque su título pueda inducir a pensar lo  contrario y aunque la política y sus consecuencias ejerza una acción nada  desdeñable sobre la materia objeto de nuestra preocupación. Es una reflexión  sobre la Tauromaquia de hoy y sobre la urgente necesidad de un debate libre de  tópicos y complejos a fin de asegurar la pervivencia de la misma en estos agitados (¿cuáles no lo han sido?) tiempos.

Como tantas veces y tantos comunicadores taurinos han manifestado, hay un  amenaza exterior a la Tauromaquia, pero también hay una interior, silenciosa, pero  no menos letal que la otra y no me estoy refiriendo sólo al aspecto económico y  organizativo del negocio taurino, sino a la manifestación en los ruedos de la  Tauromaquia y eso atañe directamente a toreros (de a pie y a caballo), ganaderos,  apoderados, empresarios (a veces estas tres funciones se dan en una sola  persona o empresa), aficionados y público, es decir a todo el llamado “planeta de  los toros”.

Un error frecuente en los distintos análisis del comportamiento de los partidos  políticos con respecto a los toros es ignorar la potente corriente animalista,  procedente de una determinada visión de la ecología, que ha impregnado la  sociedad occidental en las últimas décadas.  A veces sale a colación la asistencia  a corridas de toros de algunos personajes de izquierdas de los años veinte o  treinta del siglo pasado y nos asombramos de que una buena parte de los  políticos y gente de izquierdas de hoy escurran el bulto o se declaren contrarios al  mismo hecho pero no cabe el asombro, pues la sensibilidad social hacia  determinados hechos ha dado un giro copernicano respecto a la de aquellos  tiempos. Entre esos hechos uno muy destacado es la Tauromaquia. No nos sirve  pues la comparación. Eran otros tiempos.

Todos estamos de acuerdo en que la sociedad española de 2015 tiene poco que  ver con la de, por ejemplo, 1975. Han cambiado profundamente --siempre  hablando en general-- las relaciones entre los sexos, la naturaleza del matrimonio  y la familia, las instituciones y su función, la relación de la sociedad con el medio  ambiente, etc.   Hasta una institución milenaria y notable por su inmovilismo y  lentitud en la generación y aplicación de cambios, como es la Iglesia Católica, no  ha tenido --no tiene-- más remedio que llevar a cabo cambios de mayor o menor  calado, inimaginables hace sólo medio siglo, si quiere sobrevivir (lo logrará  porque por algo tiene casi ya dos mil años) y ejercer su función en el siglo XXI.

Sin embargo, ¿qué ha cambiado en la Tauromaquia, es decir, en la corrida de  toros, desde hace ya muchas --demasiadas-- décadas? Y, ¿qué cambios  deberían llevarse a cabo en ella para conservar su lugar en la España del siglo  XXI?

En su día hubo un cambio fundamental en su naturaleza que hoy no podemos  calibrar en su justa medida. Fue la implantación, en los años veinte del siglo  pasado, del peto al caballo de picar. Aparte de la mayor escasez de equinos para  tal función, por efecto de la mecanización del transporte de mercancías y  personas, otra razón, y no menor, fue la entonces llamada “humanización de la  Fiesta”. Aficionados y público ya empezaban a ver con cierta repugnancia a jacos  desbocados corriendo por el ruedo pisándose sus propias entrañas después de  un cornalón. Los animalistas de entonces se compadecían del caballo y no - o  mucho menos - del toro.

Hubo una gran conmoción sobre el particular tanto entre los profesionales del  toreo como entre críticos y aficionados, siendo de gran interés la opinión al  respecto de Ignacio Sánchez Mejías, manifiesta en una crónica (escribió cuatro  para ese medio) titulada “El guardia de la porra, director de lidia” publicada en “El  Heraldo de Madrid” del 4 de junio de 1929  (edición de la noche), de la que  entresacamos los siguiente párrafos:

“La muerte del caballo no debe formar parte de las corridas de toros; es a ella lo  que la muerte del aviador a la aviación o la catástrofe al ferrocarril. Un toro bien  lidiado no debe matar ningún caballo. La suerte de picar tiene sus reglas fijas y  precisas y ninguna de ellas consiste en que el toro coja al caballo, sino todo lo  contrario.

Antonio Miura nos refería cómo en su casa, en la antigüedad, se prestaban  caballos a algún que otro célebre picador, que después de lidiar quince o veinte  toros los devolvían a la cuadra de donde salieron sanos y salvos de todo peligro.  Hay más. Repasando los anales de la plaza de la Maestranza de Sevilla, entre los  documentos sacados a relucir por el marqués de Tablantes, hay tres detalles que  no dejan lugar a dudas sobre esta cuestión; durante diez años no hay ningún  picador lesionado y durante quince sólo hay un accidente mortal.

En las cuentas de compraventa de caballos se pueden comprobar que son  muchos los años que se venden los mismos caballos que se compran; es decir  que no muere ninguno. (“Anales de la Real Plaza de Toros de Sevilla” 1730-1835,  págs. 79, 91 y siguientes.). ¿Qué más pruebas se quieren para que quede  demostrado que la suerte de varas no consiste en que destripen los caballos?

Hace poco tiempo Camero, a las órdenes de Joselito, picó toda una temporada  con un caballo tordo, aporrillado, que no valía diez duros. La ineptitud de los  lidiadores no es un argumento contra esta suerte. Más bien lo son los petos, antes  franceses, españoles hoy”.

Los toros eran probados en el caballo y, al no frustrarse (no son tontos), pues  hacían carne y vencían las más de las veces (incluso aquerenciándose junto a su  rival muerto), volviendo a continuación a la carga, o no, mostrando así su bravura o  la ausencia de la misma. Después venía el tercio de banderillas para ver cómo  había quedado el toro por ambos pitones así como los pies que conservaba y, ya  en el último tercio,  tras una faena más bien breve, cuando el burel “pedía la  muerte”, el matador lo despenaba (ojo al verbo) lo más breve y limpiamente  posible, premiándose tal brevedad (por clavar en el hoyo de la agujas no  echándose fuera…) y limpieza con la oreja.

Se implantó el peto y se calmó la tormenta pero el equilibrio de la corrida se alteró  profundamente. Dejó de sufrir (relativamente) el caballo y empezó a sufrir el toro,  llegándose hoy al culmen de tal sufrimiento  con una mal llamada suerte de varas,  en la que no se torea, sino que, en demasiadas ocasiones, taladrándolo a  mansalva (o sea, a salvo) se deja ya moribundo al toro.

No es ésta una opinión personal basada en el capricho o la leyenda, sino la  consecuencia de lo expresado por expertos indiscutidos en el campo de la  veterinaria taurina, como son los profesores Luis F. Barona y Antonio E. Cuesta  López, autores del libro “Suerte de vara” (Valencia, 1999), donde leemos en las  “Consideraciones finales” del capítulo “IMPLANTACION Y EVOLUCION DE LOS  PETOS”:

1.- La adaptación del peto origina la aparición de un efecto distinto al buscado. La  protección del equino propicia su uso de manera estática durante la lidia.

2.- La progresiva evolución en el diseño del mismo proporciona una mayor  protección al caballo (faldón completo y manguitos) mermando de manera  contundente la movilidad de éste.

3.- Una vez se procura la protección del équido quedando asegurada su vida,  comienza la introducción de razas traccionadoras o cruces de las mismas, de  mayor peso y volumen que admite mejor el empuje. Jinete y caballo componen así  un conjunto estático cuyo movimiento más natural es el de giro sobre su propio eje  para evitar la salida del toro cuando éste choca con él (carioca).

4.- Permite la aplicación del puyazo de una manera prolongada y “eficaz”,  impidiendo la dosificación del castigo y la apreciación de la bravura del toro.

5.- Procura un excesivo desgaste de la res a la que extenúa, haciendo imposible  mostrar en la mayoría de las ocasiones las aptitudes o cualidades de la misma.

6.-  Permite practicar la suerte a jinetes poco experimentados y la utilización de  caballos con poca doma.

7.- Su adopción coincide con un aumento de las dimensiones de la porción  penetrante de la puya.

8.- Debería legislarse la utilización de un peto que permita una mayor movilidad  del caballo, así como impedir que la res llegue al mismo durante la realización de  la suerte”.

Por si queda alguna duda sobre la nefasta ejecución de la suerte de varas, esto es  lo que comenta sobre el trabajo de dichos investigadores el profesor Pedro  Romero de Solís (Revista de Estudios Taurinos n.º 10, Sevilla, 1999, págs. 241- 248):

“A los autores no les pasa desapercibido la corpulencia descomunal de los  caballos que, desde hace unos años a esta parte, montan los picadores. Caballos  que, por la anchura descomunal de su esqueleto y por el tamaño de los cascos,  manifiestan no pertenecer racialmente al universo de la tauromaquia sino más  bien al de la lidia militar ¡Caballos más propios para arrastrar cañones en guerras  napoleónicas que para dulcificar la embestida de los toros! Esa descomunal  alzada unida al peso de los aparejos, de la mona, de los manguitos, del peto, etc.  y, por supuesto, al no desdeñable de los pingües y forzudos picadores, suman un  peso, muchas veces próximo a la tonelada, en el que se estrellan toros con no  mucho más de 500 kilos. ¡Ay del toro que manifieste bravura y, todavía peor,  codicia e intente levantar a un enemigo de peso doble que el suyo! Las delicadas  articulaciones de las manos quedarán averiadas mientras el picador aprovecha  para hundir la puya a más de 30 cm. de profundidad no  en el morrillo, por  supuesto, como debiera ser, sino en la zona vertebral y, a veces, ¡hasta con cinco  recorridos diferentes por la misma herida de entrada! ¡Asombroso! ¿Cómo es  posible que algunos toros, todavía, queden en pie?”

Después de la citada modalidad de la suerte de varas empieza una, en general,  larguísima faena a un toro que, en la mayoría de los casos, ya está “pidiendo la  muerte”, como decían los antiguos revisteros.  Lo que a partir de ahí se ve en los  tendidos es a un hombre porfiando con una res excesivamente menguada (si es  que no salió del chiquero ya “tocado”) que, a veces, tiene a bien moverse algo y  repetir. Como se ha “educado” al espectador a ver una faena abarrotada de  pases, las más de las veces sin ton ni son, si el matador hiciera honor a su oficio  cuando el toro “pide la muerte” apenas se verían faenas.

En esas tediosas faenas es cuando más –y más inútilmente, pues no cabe ni la  apelación a la estética– sufre el toro, generando en los tendidos la misma  sensación que causaban hace casi un siglo aquellos caballos gravemente heridos  a los que, en el patio de caballos, se les metía de nuevo el mondongo en el vientre,  se les cosía y volvían a salir a la arena para morir de la siguiente cornada. Había que exprimirlos hasta el final. Dejemos de hacer lo mismo con el toro.

No piense el lector que estamos por la supresión del peto. Todo lo contrario. Lo  que pretendemos es la toma de conciencia de que hay que devolver el equilibrio  perdido a la corrida de toros, buscando, encontrando y combinando lo mejor de  otros tiempos con lo que las posibilidades técnicas (petos más ligeros y mucho  más resistentes), éticas y estéticas de nuestra actual cultura pueden aportar para  lograr el próximo e ineludible cambio fundamental.

Ello no conjurará el peligro exterior pero si proporcionará la autoestima necesaria  para plantar cara y  mostrar al mundo los auténticos valores de la Tauromaquia. Sólo así habrá continuidad y, si no la hubiera, al menos se habrá caído con dignidad. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario