martes, 9 de abril de 2013

El campo bravo llegó a un punto crítico: el Estado no puede quedar indiferente


La Memoria de la Unión de Criadores no deja lugar para la duda: la cabaña de bravo atraviesa hoy una situación límite, que sólo desde la irresponsabilidad se puede obviar. Es cierto que ese sector ha cometido errores y que ahora le acosan algunos problemas que debieran ellos sólo asumir. Pero los daños causados, además de hacer absolutamente monocordes las características de las reses que vemos lidiar, recaen gravemente sobre encastes primigenios de la raza de bravo, que hoy están en riesgos de desaparecer. Quienes hayan cometido errores deberán asumir sus consecuencias. Pero el Estado, ni los propios sectores taurinos, debieran cruzarse de brazos frente a la grave coyuntura que atraviesa el campo bravo.

Redacción WWW.TAUROLOGIA.COM

Por si hiciera falta una comprobación más detallada, la última Memoria de la Unión de Criadores de Toros de Lidia lo deja claro: el campo  bravo ha llegado a un punto crítico, frente al que la indiferencia del Estado, como la de todos los responsables de las actividades taurinas, supondría una grave dejación de funciones y responsabilidades en cuanto representa para la preservación de una raza autóctona y única, que como tal forma parte de nuestro patrimonio común.

No se trata ya tan sólo de un problema económico grave, aunque también. Se trata ante todo del normal desarrollo de una raza bovina del todo singular, un desarrollo que hoy se ve constreñido por un conjunto de circunstancias adversas que han venido a confluir al unísono sobre la dehesa de bravo.

Resulta ilógico, además de irreal, desconocer que en los últimos años se han cometido errores. Graves consecuencias ha tenido, para qué ocultarlo a estas alturas, la implantación de ese criterio espurreo de la relevancia social de ser ganadero, que ha llevado a movimientos de compra-venta carentes de todo fundamento, destruyendo cualquier política razonable de precios y de la propia gestión de las ganaderías. Pero los errores cometidos en esta materia no pueden ni deben impedir, ni mucho menos justificar, que se adopten medidas correctoras como las que hoy se necesitan.

Y es así porque precisamente esa alocada carrera de crear un sin número de nuevas ganaderías, multiplicando las ofertas posibles para la lidia, en realidad se ha llevado a cabo sobre la base de uno o dos encastes muy concretos, como todos los taurinos bien conocen. Por tanto, si quienes han participado en este juego han acabado haciendo buenas o malas operaciones mercantiles, será algo de su exclusiva responsabilidad.

Sin embargo, las consecuencias que esta política ha tenido sobre el conjunto de la cabaña brava han sido muy graves en lo que respecta a otros muchos encastes --casi todo ellos encastes primigenios del toro de lidia--, que si ya antes atravesaban una etapa de peligrosa extinción, hoy viven en el mismísimo borde del abismo.

La pérdida de esos encastes supondría, digámoslo con todas las palabras, una auténtica catástrofe genética, que las generaciones del futuro no podrían perdernos. En juego está parte de nuestro patrimonio ganadero y de todas sus singularidades. Precisamente por eso resulta tan urgente un plan de actuación que se dirija específicamente a salvaguardar estos encastes en riesgos de extinción.

Y con esto no se pida nada que ya no hayan hecho las Administraciones públicas a lo largo de las últimas décadas con diversas razas animales. Hasta en el Boletín Oficial del Estado se pueden rastrear los numerosos planes encaminados a la preservación de esas otras razas propia de nuestro país y en riesgo de extinción, dedicando para ello los recursos económicos necesarios. Solo desde posiciones dogmáticas o desde el desconocimiento se podría negar un trato similar a los encastes bravos en riesgos de desaparecer.

No es cuestión precisamente marginal unir a todo lo anterior la propia preservación del valor ecológico, unánimemente reconocido, de las tierras de dehesa que se dedican a la crianza del toro bravo. Abandonar sus cometidos propios sería tanto como ponerlas al límite de convertirse en eriales carentes de todo interés; en suma, de empobrecer nuestros campos.

Pero junto a este problema crucial para el futuro, el campo bravo se ve acosado por otras interrogantes no menos relevante. Y así, por ejemplo, nos encontramos con un agudo desfase entre la oferta disponible y la demanda previsible de reses para la lidia.

Nada habría que objetar si como consecuencia de todos esos ganaderos de nuevo cuño, nacidos al amparo de un par de encastes de moda, hacen buenos o malos negocios. Literalmente: ese su problema personal, no el de la Fiesta.

Sin embargo, no cabe olvidar que con la inflación de la oferta que todos ellos representan, se altera de manera sustantiva una política racional de precios, llegando al límite, insostenible a medio plazo, de hasta vender casi a precio de carne para el matadero.

Los primeros damnificados por este modo de actuar vuelven a ser los criadores de encastes minoritarios. Si antes tenían un hueco, aunque pequeño, en todo eso que se ha denominado la Fiesta de base por miles de pueblos de nuestro país, ahora a bajo coste tales festejos pueden optar por hierros de los que las figuras se disputan. Si repasamos las reseñas de espectáculos celebrados en plazas de tercera categoría se comprueba este dato de forma fehaciente.

Sin embargo, no conviene engañarse con estas trampas en el solitario: al final, los damnificados serán todos, los ganaderos y los demás sectores taurinos. Es lo que ocurre en todo mercado que altera la lógica de los precios, realizando ofertas por debajo del rango de sus costes reales.

Si una parte de la economía taurina se basa en adquirir circunstancialmente a precio de liquidación la materia prima, es posible que el organizador de esos festejos tenga un cierto respiro económico. Pero a la postre estará montando su actividad empresarial sobre bases irreales, que se desplomarán como un castillo de naipes en el momento en el que se alcance un equilibrio razonable entre la oferta y la demanda.

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