martes, 23 de abril de 2013

DESDE EL BARRIO: Una cornada providencial



PACO AGUADO

El pasado 15 de abril, poco antes de las siete de la tarde, el pitón derecho de "Ebanista", un serio y áspero cinqueño del hierro de Toros de Cortés, partía el muslo derecho de Julián López "El Juli" de un seco y violento navajazo en la Maestranza de Sevilla.

Y, como en el famoso "efecto mariposa", el simple y certero tornillazo de aquel torazo cambió radicalmente el guión y las consecuencias de la Feria de Abril… y quién sabe si también de la misma temporada de 2013, también en México.

Confiado en su poder, entregado ya a una embestida violenta y defensiva que creía haber sometido, El Juli sufrió aquel pitonazo muy asentado en la arena, con ese aplomo que acrecienta la gravedad de las cornadas. Ese aplomo y esa entrega que le eran obligadas en una tarde decisiva para imponer su autoridad de primera figura dentro y fuera de los ruedos.

Triunfador apabullante el Domingo de Resurrección, la cara de El Juli tenía el pasado viernes ese corte afilado y acerado de los toreros que salen a jugarse la vida con todas sus consecuencias. En busca de hacer valer de una vez sus derechos ganados a sangre y fuego, Juli pisó el dorado albero dispuesto a echar la moneda: y saló cruz.

En el estricto sentido de la palabra, esa fuerte cornada fue providencial para muchos. No para El Juli, desde luego, pero si para las empresas que intentan frenarle y para dos toreros que se beneficiaron indirectamente de sus consecuencias.

Si la Real Academia asigna a providencial el significado de "hecho o suceso casual que libra de un daño o perjuicio inminente", muchos empresarios se han librado de que El Juli hubiera arrasado la feria de Abril, teniendo en cuenta la calidad del toro de Victoriano del Río que se dejó en los chiqueros y las facilidades que dieron los "miuras" con los que estaba anunciado cuarenta y ocho horas después.

Con esos datos constatados y a tenor de su estado de ánimo, rebosante de ambición, probablemente el madrileño hubiera abierto de nuevo el umbral que da al Guadalquivir en uno de esos dos días y/o hubiera cuajado otra obra incontestable con alguno de esos tres toros que le quedaron por lidiar. Y la guerra de despachos puede que así hubiera acabado en armisticio.

Comprobando su patente actitud de las últimas tardes, no cabe en este caso hablar de suposiciones imposibles de demostrar, sino más bien de certezas incumplidas por esa providencia que ha salvado a muchas grandes empresas de acatar definitivamente la autoridad julista.

Esa misma providencia, ese capricho de la suerte que, apenas cuarenta y cinco minutos después, ponía en manos de Antonio Nazaré, saltando en el segundo turno de El Juli, la noble embestida de “Duende”, un toro grandón al que, por una faena de temple y buen gusto, cortó las dos orejas que le deben situar de una vez en un mejor lugar del escalafón.

Lo mismo, aunque de manera más sorprendente, se puede decir de Manuel Escribano, rescatado a última hora del olvido para intentar aprovechar la, en principio, envenenada oportunidad de sustituir al maestro madrileño en la corrida de Miura.

Pero, para derribar tópicos, el toreo tiene a veces estos extraños golpes de contradicción, pues ni los endebles y pajunos "miuras" respetaron su leyenda –¿qué hubieran dicho los que ahora premian la corrida si hubiera sido de uno de sus hierros más odiados?– ni Escribano se mostró con ellos como el torero inexperto que es.

Sin complejos, sin prejuicios y con una admirable naturalidad, sosegado de plantas y de muñecas, el de Gerena sacó todo el jugo a esa oportunidad de remontar su carrera, ocupando con sobrada dignidad ese hueco que quedó libre para respiro de tantos que ya se veían definitivamente derrotados.

Y es que nunca la presencia o la ausencia de una primera figura tuvieron tanto peso y fueron tan determinantes en una feria como este año ha pasado con El Juli en la Maestranza.

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