lunes, 17 de diciembre de 2012

Canito: «La muerte de Manolete fue mi triste cumbre»


Fotógrafo taurino / Cumple hoy cien años y más de 70 retratando la Fiesta
A sus cien años recién cumplidos, Canito ha sido testigo de los grandes acontecimientos del último siglo siempre con un triángulo equilátero de idénticos vértices: el toro, su inseparable gorra blanca y una cámara de fotos. Caleidoscopio de imágenes que van del blanco y negro al color, de lo analógico o a lo digital, de las grandes figuras del toreo a los genios de la literatura, el cine o la música...

–Felicidades. Decano y, ahora también, centenario.
Gracias. Sólo se cumplen una vez. Son más de setenta años en la fotografía taurina y aquí seguiremos, hasta que el «jefe» de arriba quiera. A mi manera soy católico y todas las mañanas doy gracias a Dios por lo que me ha dado, por lo vivido, por sentirme como ustedes dicen: una leyenda. Hoy es mi sexta entrevista, llevo varias semanas recibiendo homenajes; mi familia y mi entorno no me dejan un minuto solo. Si naciera de nuevo, querría encarnarme en mi propia piel y revivirlo todo de nuevo. Sentirlo tal cual.

–Menudo susto nos dio en Bilbao. ¿Cómo se encuentra?
Fastidiado. Me partí el fémur y lo he pasado mal, ahora ya he aparcado el carrito y me voy manejando con una muleta.

–Volvió a hacer el paseíllo en octubre en Valencia, su plaza.
Sí, el doctor Quiles me recomendó que saliera de casa. Me acompañaron varios amigos y en el tendido volví a disparar la cámara. Fue muy especial, porque aun siendo alicantino, Valencia también la considero mi plaza, la de mi tierra.

–Pegó sus primeros pases a una res que se escapó del matadero.
Sí, en la playa. Estaba allí cuando apareció el animal y le estuve metiendo pases hasta que llegaron con el camión. Pero la afición me vino mucho antes, cuando veía a mi padre de novillero. Tendría 11 o 12 años. Luego me tiré de espontáneo en la plaza de Alicante y acabé en el calabozo. ¡Hasta toreé para los comunistas! Después de la guerra me rajé, duré cuatro años más.

–Entonces aparecieron su amigo Gonzalo Guerra y la cámara.
Tuve una cornada y me escondió en su buhardilla hasta recuperarme. Era químico y me enseñó a manejar la cámara, a revelar los carretes y la técnica necesaria.

–Sus compañeros dicen que nadie sabe atrapar el arte del torero en una imagen como usted.
Haber sido matador me ayudó mucho a saber cómo piensan y el comportamiento de los toros. Por eso pegaba un repaso al resto.

–Y siempre por libre.
Sí, sí. Trabajé para muchos medios, incluso el director de El Ruedo quería hacerme fijo, pero lo decliné. A mí me gustaba irme una semana al campo con Ordóñez, otra a Salamanca con Luis Miguel. A mi aire.

–Esa independencia le permitió ser el único fotógrafo presente en la muerte de Manolete.
Me debía dinero Luis Miguel, que era como uno más de su familia, y me dijo que fuera a verle a Linares y allí saldábamos cuentas. El infortunio quiso que me encontrara allí con esa fatalidad. Tristemente, son las fotos más importantes de mi carrera. Mi triste cumbre. Manuel era como un padre, echábamos tardes y tardes mientras me contaba anécdotas de México. Me afectó mucho.

–Pero su objetivo no se detuvo ni en el toro ni en los toreros. Fue mucho más allá.
Conocí a Orson Welles, a Fleming, a Gary Cooper, a Lola Flores, a Ava Gardner y a tantos otros... Puedo presumir no sólo de haberlos fotografiado sino de su amistad. Íbamos a las fincas de fiesta. Por eso, ya dije antes que no me cambiaría por nadie. No he nombrado a Hemingway para destacarle del resto. Tenía debilidad por «Ernesto». Esas tardes en Pamplona comiendo huevos fritos y ese vino que aún, cuando voy, sigo pidiendo en su recuerdo. / Ismael del Prado – Diario La Razón de Madrid

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