miércoles, 28 de agosto de 2013

Raúl, a la verónica

FERNANDO FERNÁNDEZ ROMÁN

He vuelto a ver a Raúl toreando en el Bernabéu. De salón, por supuesto. Como tantas otras veces. Raúl, en noches de gloria futbolística para su equipo, no se contenta con dar la vuelta al campo paseando al trote sudoroso un preciado trofeo y recogiendo clamores de un enfervorizado graderío. Raúl pide el capote que le regaló su amigo Enrique Ponce y se estira a la verónica que es un primor. Ahí le tienen: mentón apuntando discretamente al supuesto medallero del pecho y las yemas de los dedos conduciendo el vuelo de un percal aún cuajado de tersuras.

Raúl, como todo el mundo sabe es uno de los futbolistas españoles más universales, por no decir el más famoso y admirado del mundo. Raúl, como saben –sabemos– solo unos pocos, es devoto de la tauromaquia, y siente que para expresar un sentimiento de profunda emoción y de íntimo orgullo por su proveniencia telúrica lo mejor que se puede hacer es mostrarlo sin ambages, exhibiendo las preferencias lúdicas que le apasionan y su pertenencia a un país que –quiérase o no—todavía tiene en el toro y en el toreo una seña de identidad por la que se nos reconoce más allá de nuestros límites geográficos.

Ver a Raúl, de nuevo lancear al viento de la noche sobre el césped de un campo de fútbol, a mí me produce una sensación especial de complicidad, de reconocimiento, de afinidades, de reivindicación patriótica. ¡Ah!, ya he mentado a la bicha. Decir en este país Patria es sinónimo de ridiculez, de papanatismo, de rancia provocación, de oscura militancia, de panderetismo, de españolada impresentable… En esas estamos. A este nivel de degradación confesional hemos llegado quienes tuvimos la fortuna de nacer en este bendito apéndice peninsular que al geógrafo Estrabón le parecía tener forma de piel de vacuno recién desollado. Insisto, dices Patria aquí, en España y se parten el culo de risa los escuchantes más o menos untados con la pomada neoprogresista, neoliberal o neoloquesea. La misma risa que algunos habrán esbozado o soltado sin contemplaciones al ver, otra vez, las imágenes de Raúl toreando de salón. ¡Ya está este facha españoleando!, he oído comentar en voz alta a un perillán al término de cierta final ganada para nuestros colores. Esta vez no era Raúl, sino Sergio Ramos, bamboleando el capote de Alejandro Talavante. Otro que tal baila. O que tal torea. Así responde cierta clase social –y política, por supuesto—a la simple anécdota de un hombre joven y famoso que tiene la ocurrencia de ponerse a dibujar las personales verónicas de alhelí que rimaba Lorca, en los momentos de laxitud que concede la apoteosis o el éxtasis compartido.

Pero a mí me la trae al pairo. He disfrutado, una vez más, con el futbolista más emblemático de España, con el más reconocido, con el mundialmente admirado y respetado, viéndole manejar el capote y oyendo cómo se coreaban sus lances mayestáticos por una parte del graderío. Solo por una parte, porque, no crean, hay una apreciable facción a la que no le hace pizca de gracia lo del toreo en semejante tesitura. Experimentan una especie de enfriamiento en la calentura de su entusiasmo, merced a su postura antagónica con la tauromaquia, ¡qué le vamos a hacer! Esto puede ser entendible.

Lo demencial, flipante y macarrónico es comprobar cómo algún filotaurino aprovecha la venturosa circunstancia del capotazo en la noche para apostillar que Raúl torea mejor que quien le regaló el capote. ¿Se puede ser más necio, más inoportuno, más indocumentado y más malvado? Pues yo se lo he escuchado a un sujeto que firma en un periódico de tirada nacional. Y algunos presenten le rieron la gracia. Como la reirán cierta clase de aficionados que militen en otros “ismos” anclados en estúpidos dogmatismos. Pero, a lo que vamos: Raúl a la verónica en el Bernabéu. Una vez más. Ole tú. He aquí el anacronismo: el lance que ideara Costillares da la vuelta al mundo, no con la figura de un torero famoso en chupa y taleguilla,  sino con la de un futbolista en camiseta y calzón. Chócala, tío. Aquí, un “raulista” para los restos.

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