José Antonio
Trujillo, médico jienense afincado en Málaga, tiene sobradamente acreditada su
calidad como escritor, que luego ha sabido transponer a su profunda afición
taurina. Los lectores de Taurologia.com han tenido ocasión de leer su ensayo
"Los toros en la Literatura", que fue su discurso de ingreso en la
Asociación de Médicos Escritores y Artistas. Ahora que se acerca la fecha de la
tragedia de Linares, imperecederamente recordada por el toreo, traemos a
nuestras páginas su recreación literaria sobre aquel día. Se trata de un texto
lleno de sensibilidad, que muy bien sirve de homenaje a uno de los grandes
toreros de todos los tiempos, sobre todo ahora que su figura se ve maltratada
por una pésima película que se proyecta en los cines españoles.
“Ahí no”, le gritó primero Luis Miguel Dominguín, y segundos
después su cuadrilla. Yo estaba junto a Guillermo,
su mozo de espadas. ¿Qué hora sería?
No hacía el calor de las cinco y media de la tarde, cuando comenzó la corrida.
Llevaba todo el día con él. No madrugó. Estrenó ese día pasadas las once y
media de la mañana. El maestro estaba más flaco de lo habitual. Su rostro
seguía siendo serio, frío, el habitual. Esa mañana parecía más apesadumbrado.
Estaba en la habitación 42 del Hotel
Cervantes, a pocos pasos de la plaza. Camará había estado en el sorteo de
los lotes. Las calles estaban engalanadas. En esa ciudad minera festejaban en
el final caluroso de Agosto a su patrón San Agustín. La corrida venía terciada.
El lote que le había correspondido en suerte incluía un toro chico. Finalmente
pudo asignarse a Gitanillo de Triana. A cambio, un miura mayor, negro entrepelado, bragado. Qué mal año estaba siendo 1947.
Llegué en la primavera a España. Desde que tomé la alternativa en México el 26
de Febrero de 1946, mi vida había cambiado. Mis sueños se habían cumplido y... Guillermo me dijo un día: “torea todo lo que puedas, ahorra y vente
para España”. “Te podremos facilitar las cosas”, me decía Camará.
El maestro, el “monstruo”, me tenía
gran afecto.
Todos me llamaban Boni, pero él siempre se dirigía a mi por mi nombre y apellido, Rafael Pérez. Qué bien sonaba en sus
labios, con su acento cordobés. Rafael
Pérez esto, Rafael Pérez lo
otro. Mi triunfo en España, entre otras cosas, podía significar mi billete de
vuelta a mi querida tierra en olor de multitudes. ¡Los toreros necesitamos tanto el triunfo! Desde mi llegada, había
toreado poco en plazas importantes. Me decían que no desesperara. Mi toreo era
muy profundo, hondo. En España estaban acostumbrados a mi compatriota Carlos Arruza, y claro. Él dominaba
casi todas las suertes. Su toreo era muy vistoso, se adornaba mucho. Los
tendidos enloquecían cuando tiraba de repertorio y realizaba el teléfono. Jamás
pensó cuando por primera vez mostró su “teléfono”
en la cara del toro que iba a gustar tanto al público. Me decían: “tranquilo
chaval, sigue aprendiendo. Tus compatriotas Luis Procura, Lorenzo Garza, Arturo
Álvarez, Silverio Pérez, Luis Castro “El Soldado”, también empezaron así”.
Yo me callaba y a lo mío. Qué remedio. Agradecía que me compararan en muchas
ocasiones con Silverio Pérez. Le
tenía una consideración especial. Un tentadero, una plaza menor. Eso sí, fiel a
mi estilo.
Tengo en mi memoria la tarde del 9 de
Diciembre del año 1945, cuando por primera vez el “monstruo”, como le llamaban a mi querido maestro, toreó en México.
¡Le esperábamos tanto! La pasión se
desbordó ante su primera tarde en mi tierra. A pesar de los precios altísimos,
estuve haciendo cola durante tres días para conseguir una entrada. La
expectación creada no tenía antecedente. Se lidiaban toros de Torrecilla,
para el maestro, Silverio Pérez y Eduardo Solorza. Silverio en esa temporada era el ídolo nacional y confirmaba su
alternativa. Eduardo Solorza estaba
a punto de retirarse. Recuerdo que en los tendidos estaban María Félix y Sofía Álvarez.
O sea. En esa corrida, decidí de una vez por todas ser matador de toros. No
podía ser otra cosa, mis dudas se disiparon. Pensaba en tardes de gloria y
triunfo. La alternativa al triunfo era la enfermería. Eso sentimos todos los
toreros auténticos. Quería ser un torero con todas sus letras.
Llenábamos la plaza 35.000 personas. Antes de
comenzar la corrida se obligó a saludar desde el tercio al diestro español.
Éste amablemente invitó a sus compañeros de lidia también a saludar. El “monstruo” recibió a su primer toro con
lances de capa ajustados y vistosos. Tuvo la delicadeza de brindar la muerte de
su primer toro en México a todo el coso. Comenzó su faena de muleta con la
derecha. Se encontraba a gusto con el astado de Torrecilla. La intensidad
de la faena subió muchos enteros cuando se echó la muleta a la mano izquierda.
Su mejor aliada. Finalmente se adornó de tres manoletinas de infarto, mirando al tendido, pisando las prendas
arrojadas al ruedo por las personas que querían adelantarse a celebrar la
magistral faena. Es verdad que las manoletinas
las introdujo Victoriano de la Serna,
pero nadie como el maestro las interpretaba mejor. Entró a matar raudo y veloz,
y dejó media estocada en su sitio. El toro rodó rápidamente. Dos orejas y el
rabo fue su premio. Dio la vuelta al ruedo y se despidió con un ramo de flores.
Le hicieron numerosas fotos en ese momento. Esas instantáneas dieron la vuelta
al mundo.
Todos esperábamos su segunda faena. Con el
debido respeto a mis compatriotas. En el primer lance de su segundo toro
recibió una cornada profunda. Gracias a Dios, que fue intervenido por los dos
magníficos cirujanos taurinos el Dr. Ibarra
y el Dr. Rojo de la Vega. Ese hecho
revistió de más grandeza, si cabe, la primera comparecencia del maestro en mi
país. Triunfo regado con sangre. Se podía pedir más autenticidad.
Estuvo veinte días de convalecencia. ¡Cómo se le esperaba! Ese año, de 1945
había sido magnífico para él, había toreado en 71 corridas en España, y era un
ídolo nacional. Me dije: si voy a ser torero, el año que viene la alternativa
en mi tierra tiene que venir de manos del maestro cordobés. Todos los días
entrenaba con tesón, y por las noches me encomendaba al Cristo de los Faroles y
a la Virgen de los Dolores, como él.
El “tormento”
como le decía el “monstruo” a Silverio Pérez, por el pasodoble “Tormento de las mujeres”, me ayudó
mucho a que creciera como hombre y como torero. Gran torero, gran persona. No
podía fallar. Ninguno me falló y cumplí mi sueño.
Ese año de 1947, mi primero en España, había
sido atípico para mi mentor en España. Al principio dije que estaba siendo muy
malo. Claro. Comenzó en Barcelona el 22 de Junio. Tuvo un contratiempo en la
corrida de la Beneficencia el pasado 16 de Julio en Madrid, ya que fue corneado
en la pierna izquierda por un toro de Bohórquez. La herida cicatrizó
pronto. La que tenía abierta era la de su corazón. Después de regresar de su
última temporada en México, Lupe Sino,
mi querida compatriota, no estaba a su lado. Doña Angustias, su madre, Camará, su apoderado y Guillermo, su mozo de espadas, estaban
más aliviados por este hecho. La verdad es que el que no está aliviado era el
maestro.
Estuve todo el mes de Agosto con ellos, casi
como uno más de su cuadrilla. La verdad que era una buena escuela para mi, a la
vez que una magnífica carta de presentación en estas tierras tan queridas por
mi. El 16 toreó en San Sebastián con Gitanillo de Triana, y su aspecto
reflejaba mucha fatiga y el público no se lo perdonó. En Gijón estuvimos el 24,
y no le gustó que le hicieran unas fotos despeinado. Muy raro en él. El día 26
toreó en Santander. Allí ocurrió un hecho gracioso. Lo fotografiaron en color
por primera vez en un patio de cuadrillas. La verdad que salió retratado con un
rostro demasiado serio.
Era un secreto a voces. El maestro deseaba que
llegara Octubre para tomar la decisión de su retirada. En San Sebastián, se lo
reconoció a Matías Prats. El
periodista comentó que no era sólo preocupante su cansancio físico, sino el
emocional. El destino no le tenía preparado una vida fácil y feliz ni en la
cima de su carrera. Su desarrollado sentido de la responsabilidad y exigencia
le estaba pasando factura. Quería pisar los terrenos que nadie pisaba. Además
con todos los toros. La verdad que el coste era muy alto.
De esta forma se vistió de rosa pálido, en esa
tarde calurosa en tierras jienenses. Le acompañaban Gitanillo de Triana, como
en tantas tarde, y el ciclón de Luis
Miguel Dominguín. Severo envite para un hombre en sus horas más bajas.
Los comienzos de la corrida pasaron
prácticamente inadvertidos. El maestro en su primer toro lo mató. Y no fue
poco. Dominguín, en el primero de su
lote cortó una oreja. Esa maldita oreja obligó mucho al “monstruo”. Debía agradar en su segundo toro. Un torero de raza no
se arruga ante el desafío. Así salió «Islero»,
ese Miura
que desde un principio no le gustó a Camará.
La relación del maestro con su apoderado era
especial. Excedía con creces el terreno profesional. Se conocieron hacía muchos
años. En el año 1937 llamaron a filas al diestro cordobés, en plena guerra
civil española. Camará en aquella época toreaba y organizaba también festejos,
a los cuales invitó al maestro. Torearon juntos. Comienza apoderarlo porque se
lo pidió doña Angustias. Habían
invitado a torear al joven diestro cordobés a Salamanca, y su madre pidió a Camará
que lo acompañara. Desde ahí, no han vuelto a separarse. Su apoderado era su
amigo, su confidente, su hermano. Tenían un lenguaje especial para comunicarse
en las corridas.
Camará al iniciar la faena
de muleta a su segundo toro le dijo al diestro cordobés: “echa la muleta abajo”.
Los que conocíamos ese lenguaje, sabíamos que le estaba diciendo que ese toro
no le gustaba. No hizo mucho caso el maestro. Debía demostrar su poderío y
pundonor. Quería plantarle cara a Dominguín,
y recordarle a la gente quién era él.
En el callejón estaba también su amigo el
rejoneador Domecq y estaba
comentando que el toro era malo por el lado derecho. Soltaba derrotes
contínuamente. Pero el maestro estaba abusando de la muleta. Llegando incluso a
cansar. Todo el mundo le pedía que matara a «Islero»
de una vez.
Se decidió por fin. Para alivio de todos. El
terreno que eligió para dar muerte al Miura no nos gustó mucho. “Ahí
no”, le gritó primero Luis
Miguel Dominguín. Entró a matar muy despacio, nada ligero. En la suerte
contraria y recreándose en la misma. El pitón derecho traicionero de «Islero» prendió al diestro por el muslo
derecho, casi por la ingle.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No
reaccioné. Tras unos breves instantes, salté al ruedo con Guillermo y recogimos del albero al maestro herido. Inicialmente
equivocamos el recorrido a la enfermería. Una vez allí, el Dr. Garrido comenzó a atenderle. La
hemorragia era muy profusa. El gentío que había en la enfermería era tan
grande, que casi no se podía respirar. Yo decidí salirme para dirigirme a la
capilla de la plaza. Mis oraciones podían ser la mejor ayuda que podía ofrecer
en esos trágicos momentos. Recuerdo a Domecq
pidiendo a gritos que lo dejaran entrar en la enfermería. Era su amigo y quería
ayudarle.
Finalizó la corrida, y no había finalizado la
intervención. Con menos gente me acerqué a la enfermería y pude hablar con Camará.
Me puse a llorar. Él me tranquilizó, me comento que el doctor lo había operado
bien, aunque había perdido mucha sangre. De hecho le habían puesto una
transfusión de sangre, de un tal cabo Sánchez,
de la Policía Armada. Parece que había aparecido algún signo de rechazo a esa
sangre, pero no era preocupante. Me pidió que no me fuera de allí. Deberíamos
trasladar en camilla al maestro. Se había decidido tras la intervención que
recibiera más cuidados en el Hospital de los Marqueses de Linares. Allí
existían plenas garantías para una correcta atención del maestro. Así hice.
Permanecí allí durante unos minutos más y ayudé a mover al maestro en la
camilla. Triste honor.
Supe después que ese hospital fue inaugurado
el mismo año en el que nació el diestro cordobés, en el 1917. Casualidades de
la vida. Supimos que Dominguín había
llamado a su médico de confianza el Doctor Tamames.
Todos querían ayudar.
Fue ingresado en el hospital en su habitación
número 18. Número par como la del hotel “Cervantes”,
de la que había salido sano sólo hacía unas horas. Llegó el Dr. Tamames, y habló con el Dr. Garrido. Reconocieron al herido. Se le
habían puesto dos transfusiones más de sangre. Aproximadamente 700 cc. La donó
un matador de toros retirado, Parrado.
Ya digo, todos querían ayudar. El cuerpo del maestro había agradecido aquellas
transfusiones pero alertaron a los doctores a propósito de cierto rechazo leve
a las mismas. El Dr. Tamames tras su
exploración física comprobó que el herido había perdido mucha sangre, y que su
tensión arterial era tan baja que hacía peligrar la estabilidad del enfermo.
Propuso ponerle plasma para elevar la tensión arterial y evitar posibles
rechazos a sangre por los antecedentes previos.
Todos los que estábamos allí presentíamos la
tragedia. Los rostros de los doctores parecían que la anunciaban. Pero nadie
abría la boca, si acaso para rezar, o para preguntar que por donde venía doña Angustias. Como es natural, la habían
llamado. Se iba a empezar a canalizar la vena para introducirle el plasma
cuando el maestro dijo: “no veo, no veo, qué dolor de riñones”.
Posteriormente expiró. Eran las cinco de la madrugada del día 29 de Agosto de
1947, y en la habitación número 18 del Hospital de los Marqueses de Linares
había fallecido Manuel Rodríguez “Manolete”.
“Manolete”, califa del
toreo, que lidió siempre con la capa pegada, que comenzaba sus faenas con unos
estatuarios, prodigio de la economía de movimientos, que hizo del toreo en
redondo su gran hallazgo, y de la mano izquierda su gran aliada, que culminaba
siempre certeramente con el acero, nos había dejado. “Clarito” decía de él que
toreaba como los que no mataban, y mataba como los que no toreaban.
Lloré mucho su muerte. Comprobé después que
también fue la mía. El entierro fue multitudinario, en su Córdoba natal. Se le
paseó a hombros bajo una lluvia de flores. Acudí con frecuencia al cementerio
de la Salud, donde reposaban sus restos en mis últimas semanas en España. No
encontré consuelo en mucho tiempo.
Antes de partir a mi tierra en ese mi primer
año en España, gracias a la generosidad de Guillermo,
pasé a despedirme del maestro, del hombre. Pude leerle unos versos que Pemán le había dedicado y que ya
siempre me acompañan:
Hay que estar ante
su muerte
como él ante los
toros,
elegante y sereno
JOSE ANTONIO TRUJILLO RUIZ
Natural de La Carolina (Jaén), cursó los estudios de
Medicina en la Universidad de Navarra, finalizándolos el año 1994. Posteriormente
ha realizado estudios posgrado, doctorándose en Medicina por la Universidad de
Málaga, así como realizando un Master en Salud Pública y Gestión Sanitaria en
la Escuela Andaluza de Salud Pública.
Es Médico de Familia, realizando su formación en la Unidad
Docente de Málaga, tanto en la ciudad de Ronda como en la de Marbella. Autor de
numerosas publicaciones y organizador de múltiples eventos que se relacionan
con la medicina humanista. Es el médico titular de la Escuela Taurina de Ronda.
Actualmente se dedica profesionalmente a la gestión de centros de Atención
Primaria en la comunidad andaluza. Es autor de 5 libros relacionados con la
gestión, la investigación y la medicina y otros 6 de naturaleza estrictamente
literarios.