domingo, 5 de noviembre de 2017

LEER UNA NOTICIA – Evolución

CARLOS RUIZ VILLASUSO

La Tauromaquia, en su expresión del toreo a pie, siempre supo adecuarse a las realidades y exigencias sociales. Las morales, éticas y sensibilidades de cada tiempo no las elige el toreo, sino que, históricamente, éste ha evolucionado como una especie de “superviviente” a las exigencias o contextos sociales y políticos. Así ha sido y el toreo, hoy, ha depurado y variado sus suertes dirigiendo a la corrida a una suerte menos cruenta, más pulida y quizá más estética, sin tanta evidencia de sangre, elemento que los tiempos y las gentes de estos tiempos tienen, sienten, cada vez más disgusto por su presencia.
 
Desde que cubrimos gran parte del caballo de picar con el peto (año 1917) apenas hemos modificado nada en el toreo. Fue éste, el peto, obligado para eliminar la visión de tripas, sangre y demás de los caballos muertos o heridos en el ruedo. Desde entonces no hemos introducido elemento alguno. No obstante, nadie duda que hoy una correa sin peto expulsaría a todos de las plazas, hasta a los más acérrimos. Sin embargo, en su día, hubo una crítica interna que afirmó que la Fiesta se acababa con ese artilugio. El peto, puesto para evitar sangre, resulta que fue más que un protector.

Con el toro atemperado, el toreo dio un paso más hacia el desarrollo de la faena de muleta, tercio que pasó a ser superior en rango frente a los demás. Y es evidente que hoy, en este nuevo contexto político-social global, hemos de pensar qué hacer. Pero, sobre todo, pensar qué no se ha hecho bien. Porque el toreo es una suerte de equilibrios y proporciones que, modificada una parte, las demás entran en defecto porque se rompe el equilibrio. No se puede pretender modificar una sin que las demás resulten afectadas. Hoy, la faena de muleta no sólo es una dictadura frente a los demás tercios, sino que los ha puesto en riesgo.

Convivimos y usamos aún términos de bravura y mansedumbre de años anteriores al peto. ¿Cómo es posible? Todos sabemos que la proporción de toros que se quedaban debajo de la barriga del caballo sin huir es infinitamente inferior a los toros que hoy se quedan en el peto, que, de una forma u otra, son la mayoría. No hacen falta ya las banderillas negras frente a la gran proporción de toros fogueados entonces. En este sentido, la selección hacia el toro que admite caballo y peto, ha sido brutal. Pero resulta que al toro se le exige luego una larguísima y reiterada faena de muleta.

Insistimos hoy que el tercio de varas ha de serlo sin concesiones y que la suerte de matar ha de serlo sin concesiones. Yo opino que estas dos suertes sufren la dictadura de un toreo de muleta que, exigimos también, sea ligado, de muchos pases y por debajo de la pala del pitón, que no haya enganchones, que dure al borde de los avisos. Seleccionar un toro para la suerte de varas que queremos, para el toreo de muleta que queremos y para la suerte de matar que deseamos, es un imposible sobre el que no hemos reflexionado.

Porque, nadie lo duda, hoy por hoy el toro que menos romanea y se emplea fijo en el peto tiene todas las de ganar, ahorrando energía y vida de cara a un tercio de muleta más largo. Como queremos. Es contradictorio buscar un toro fijo en el peto, donde se revienta, y buscar, al mismo tiempo, sesenta pases por abajo para ese toro. Esos sesenta pases son las novedades de la evolución de una suerte que no ha tenido en cuenta a las demás. No ha tenido en cuenta que hay que aliviar la suerte: hacerla de forma correcta, en lugar, a toro detenido, distancias acordes, tamaño del caballo proporcionado. Una suerte más ligera, más a favor del toro y de su buena o peor condición, donde no importe tanto la sangre o el castigo, como la suerte en sí. Una suerte destinada a calibrar condición y no fuerza, porque se “pica la bravura” y no la fuerza.

De esta forma, y con esa suerte, le ha de seguir un tercio de muleta de menos pases, con el toro más entero, donde la emoción sea proporcional a la imperfección, donde la intención sea más vital que el hecho en sí de un pase limpio. Y más corta. Más corta porque la suerte de matar existe porque se mata a algo vivo. El primer paso para una suerte menos cruenta y fea con la espada es dejar al toro con vida, y no esa forma de entrar a matar, tantas veces, a un toro aplomado, al borde de su final. En definitiva, un toreo con suertes más proporcionadas, vivas y emocionantes, de las que podrán salir los cambios que nosotros deseemos. Para evolucionar.

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