Revientan
a Manzanares con insolencia, tratan a Morante como genio voluble y se celebra
sin reserva una tarde feliz con toros notables del torero extremeño.
BARQUERITO
Fotos: EFE
LA CORRIDA DE la Beneficencia tuvo cuatro tramas.
La primera, pero no la mayor, fue una escabechina veterinaria –rechazos,
repescas, luz de gas- que se resolvió con la licencia de sólo cuatro toros de
los seis previstos de Cuvillo. Dos por delante, muy
astifinos los dos; de bastante mejor estilo el primero que el segundo: Y otros
dos por detrás, que tuvieron menos trapío y plaza que los dos que abrieron.
Alto de agujas, zancudo y sin enmorrillar el quinto, de afilado hocico;
aleonado, bajito y cabezón, terciado pero musculado el sexto.
El
segundo dio seis kilos menos de peso que el sexto y tuvo, sin embargo, más
plaza. El segundo fue protestado con cierto ruido; al sexto, que tuvo de salida
un trote saltillero –como los toros de Victorino- y, luego, guasona movilidad,
no se le puso reparo alguno. Los cuatro toros de Cuvillo se fueron sueltos y
casi a escape de los caballos, pero no sin haber peleado con ellos antes. El
segundo, de nervio temperamental, romaneó y, por los pechos, puso al jaco de
manos. El quinto acudió pronto; el sexto apretó en la primera vara y protestó
en la segunda. Un surtido de conductas.
Los
cuatro galoparon en banderillas con llamativa entrega. Y, luego, peleó cada uno
de una manera. Completaron corrida dos toros de Victoriano del Río. No fue, por
tanto, un saldo el parche, sino todo lo contrario. Sólo que esos dos toros de
Victoriano fueron el huevo y la castaña. Muy terciadito el tercero, retinto, cinqueño,
de transparente bondad: muy sencillo. Gigantón el cuarto, de alzada fuera de
proporción, gordísimo, y de raras hechuras. Pesaba, según tablilla, 631 kilos.
No descolgó ni en un solo viaje y a su hora vino a revelarse como de violento
fondo.
La
segunda trama fue la del reparto de toros. Se abrieron los de Victoriano y los
dos más justos de trapío –el cinqueño de Victoriano y el enanito de Cuvillo- se
acabaron enlotando juntos. El cuasi mastodonte de Victoriano cayó en manos de
Morante. Sólo Manzanares pudo torear dos de Cuvillo. El tercer y el cuarto
asuntos no fueron banales. En tarde veraniega, el viento no paró de enredar.
Hasta los papelitos de guía se batían en remolinos. El viento descubrió a
Morante cuando más asentado estaba con el primero de corrida: hizo sufrir mucho
a Manzanares en el primer turno porque el segundo de la tarde fue el más
difícil de los seis; volvió a descomponer y descubrir a Morante cuando, en
tablas y junto al portón de salida –el de la puerta grande-, trataba de tomarle
las medidas al cuarto, que se había quedado sin picar del todo; y no dejó a
Manzanares ni elegir terreno ni soltarse a gusto cuando pretendió pararse con
el quinto. Sería capricho pero sólo a Talavante respetó dentro de lo que cabe
el viento. O le molestó mucho menos. O acertó a encontrar el sitio donde estaba
apagado el ventilador.
Y,
en fin, el revés de la trama pero su mayor argumento: el ambiente, que tuvo
todas las caras posibles. Un ambiente vitriólico con Manzanares, a quien fueron
a reventar en toda regla, y hasta orquestadamente, porque mientras faenaba con
el quinto en dos andanadas se corearon olés extemporáneos de burla. Hacía mucho
que no se humillaba tanto a un torero en Madrid. No las voces sueltas ni los
gritos de castigo del repertorio canónico de las Ventas, sino otra cosa todavía
más inhóspita. El trato fue brutal, pura injuria. La caza y captura de
Manzanares. Manzanares, desventurado en el sorteo, no perdió los nervios, pero
no llegó a sujetarlos del todo nunca. Mató por derecho y con verdad. Las dos
estocadas taparon a los dragones la boca.
Morante
se sintió más o menos muelle en una atmósfera que conoce de sobra: lo trataron
como a un artista único, jalearon sus mejores inventos –un precioso quite por
chicuelinas, de distinto estilo cada una de ellas, como si fueran variaciones
de un mismo cante, una tanda de bello desmayo en redondo- y los que protestaron
lo hicieron sin saña. No hicieron sangre con Morante, que estuvo seguro y
listo, y dejó su aroma hasta al andar. .
En
este río revuelto sacó ganancia Talavante. En papel de consentido, como se dice
en la Plaza México de los toreros con licencia. Algún gruñido, alguna
reclamación cuando abusó de torear con la muleta excesivamente montada o a
suerte descargada. Nada. Pasaron sin apenas rechistar sus toros –un solitario
miau para el tercero, vista gorda con el sexto- , se le estuvo esperando
siempre y un relativo rugido de plaza sofocó de sobra las voces discrepantes.
Talavante
estuvo muy entregado y muy firme. Las dos cosas. Le puso su firma a las
improvisaciones y a los alardes: las arrucinas de solución o intercaladas, el
toreo cambiado de cambio de mano tan del repertorio mexicano, interpretado por
cierto con desigual fortuna, las reuniones de espasmódico acento en que
parecieron encontrarse toro y torero de casualidad. Y también la firma a pausas
larguísimas en una faena, la del sexto, que se vivió con un silencio tan
elocuente como la gresca de fondo que persiguió a Manzanares como su sombra. Ni
la faena del notable toro de Victoriano ni la del encastado sexto de Cuvillo
–toro de brava recámara- fueron redondas ni rotundas, pero tuvieron eso que se
llama verdad. Espontaneidad, imaginación y recursos: el tapar, tocar y soltar
toro, los molinetes acribillados, la listeza para domar el punto celoso del
sexto. Hasta su clamorosa inhibición para tomar el verduguillo y descabellar al
tercero se aceptó como ingenio y no como renuncia. Y, en fin, la espada
empujada con el corazón, que es parte de la verdad. Una oreja y otra. La puerta
grande.
POSTDATA PARA LOS ÍNTIMOS.-
Ese torero heterodoxo
que, después de mucho buscar, ha acabado por parecerse a sí mismo. Una plaza,
una gallera. La inteligencia de Morante. Esos siete capotazos de salida y
recibo en la boca del burladero -lances de templar- han sido un prodigio. Y
torear en un metro cuadrado. Y matar sin que el toro se diera ni cuenta.
Manzanares en el foso de los leones y rodeado de mastines de presa.
FICHA DEL FESTEJO
Cuatro toros de Núñez del Cuvillo y dos -3º y 4º- de Victoriano del Río, que completaban la corrida. El tercero de
Victoriano y el sexto de Cuvillo, terciados, dieron juego. En bondadoso el uno,
encastado el otro. Bondadoso el primero, que se jugó con mucho viento. Se
violentó el cuarto; punteó engaños el segundo; se vino abajo el quinto.
Morante
de la Puebla, de verde parra y oro, silencio y
pitos. José María Manzanares, de
azul prusia y oro, silencio en los dos. Alejandro
Talavante, de carmín y oro, oreja y oreja. Salió a hombros.
Miércoles, 6 de junio de 2012. Madrid.
Corrida de la Beneficencia. Lleno. Caluroso, ventoso. La infanta Elena, en
representación de la Familia Real, en el Palco Regio, recibió brindis de los
tres matadores. Gran ovación para la infanta a su entrada y para la Marcha
Real.
No hay comentarios:
Publicar un comentario