martes, 11 de noviembre de 2014

DESDE EL BARRIO: Van a por los niños

PACO AGUADO

Mientras el antitaurinismo militante no para de moverse, con más o menos efectividad, a uno y otro lado del Atlántico, van surgiendo, subliminales, sordas, indirectas, de efectos retardados, nuevas amenazas contra la fiesta de los toros. Y, si cabe, aún más potentes y efectivas a largo plazo que las rabiosas campañas radicales que ya han llegado al terreno de la alta política.

Mientras una manada de parlamentarios irresponsables votaba, sin éxito, contra las ayudas sanitarias europeas a la ganadería de bravo en España, Francia y Portugal –lo que hubiera podido derivar en la extensión de enfermedades entre todo el resto de la cabaña bovina que goza de esa subvención–, también había quienes trabajaban en la sombra en pos de ese "buenismo" globalizado que anula conciencias y culturas en todo el mundo.
 
Mientras el nuevo salvapatrias español propugna en el programa de su partido Podemos la abolición de la fiesta de los toros y, curiosamente, hace las mismas escalas  suramericanas que su amigo Anselmi, otros dirigen a los niños delicados mensajes antitaurinos con el mejor de sus talentos artísticos.

Mientras los políticos españoles siguen haciendo funanbulismo para no afrontar con claridad su postura con respecto a la tauromaquia, y desde dentro del propio espectáculo nadie se atreve a asomar la cabeza para ver las amenazas más allá de la madriguera, el toreo va perdiendo vigencia en la sociedad moderna al tiempo que se busca su definitiva descalificación entre las nuevas generaciones.

Porque mientras todo eso sucede, la factoría de Hollywood acaba de lanzar, sin apenas ruido, una carga de profundidad contra el toreo en formato de película infantil. Lejos de aquellas míticas versiones de "Sangre y arena", con Rodolfo Valentino y Tyrone Power de protagonistas, que fomentaron la afición entre los norteamericanos  –¿verdad, Robert Ryan? –, en la meca del cine ahora se hacen producciones como "The book of life".

"El árbol de la vida", que debería ser su título en castellano, es una cinta de animación dirigida por el mexicano Jorge Gutiérrez  –que seguro que nada tiene que ver, salvo en el nombre, con el matador hidalguense – y está producida con la Fox por el también cineasta mexicano Guillermo del Toro, lo que no deja de ser otra paradoja nominal.

La película, que ya se ha estrenado en Estados Unidos y México, se distribuirá en España, según la productora, a finales de febrero de 2015, lo que nos debe servir de aviso para lo que nos espera, en tanto que, realizada con grandes medios técnicos, y desde una gran riqueza visual, la película promete tener un notable éxito de público.

Ambientada en México durante el Día de los Muertos –al menos no es durante el puto  Halloween–, es un relato fantástico que aprovecha los iconos culturales y el folklore típico mexicanos para crear ese ambiente mágico que tanto gusta a su productor, ganador de un premio Goya por "El laberinto del fauno".

La trama central de esta película de dibujos animados, que diríamos los más clásicos, no es desde luego el toreo, ni intenta ser una clara diatriba antitaurina, pero sí que sobre el título de Antiguo Testamento intenta lanzar un mensaje a la infancia desde ese filosofía predecible y simplona que instaurara Walt Disney hace ya muchas décadas entre la hipócrita sociedad norteamericana.

No es una película de toros, por tanto, pero su protagonista sí que es un torero que se llama Manolo Sánchez, lo que no deja de ser otra triste casualidad para el matador de Valladolid. Y el caso es que se trata de un “héroe del pueblo”, como dice la sinopsis, que se debate entre cumplir las expectativas dinásticas de una familia con cuatro generaciones de matadores o escuchar a su corazón y dedicarse a la música para ganarse el amor de la bella María, que tiene un cerdo como mascota. Qué cosas.

Y, claro, cómo no, finalmente Manolo, un torero sensible y "que lee libros", acaba arrepintiéndose de su oficio de matador de toros para entrar en un mundo maravilloso de amor y armonía. La felicidad, que supongo que será vegana y ya sin perdices para comer.

Podría tratarse tan sólo de un cuento, de una más de estas fábulas incruentas de nuestros días, en las que nadie muere ni sufre, al revés que en las de Samaniego. Y, por tanto, no habría motivo para la alarma… de no ser por ese mensaje subliminal que lleva encerrado, por esa moralina dirigida directamente al cerebro de los niños.

Porque si ya hasta los cuentos y las películas, que tanto hacen en la educación de la infancia, les dicen a los críos que matar toros es malo, como uno más de los credos del pensamiento único que deberán seguir de mayores, de aquí a poco ya no harán falta antitaurinos ni el toreo tendrá enemigos visibles.

Pero, en algún momento, alguien les tendrá que decir a los niños que los mundos perfectos sólo existen en la fantasía. Y que viendo corridas de toros podrán sacar lecciones mucho más valiosas para su vida que de las películas ñoñas que les alejan de la realidad que habrán de afrontar tarde o temprano sin fórmulas mágicas ni princesas.

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