lunes, 25 de marzo de 2013

Saber de públicos



FERNANDO FERNÁNDEZ ROMÁN

En uno de sus célebres alegatos antitaurinos, Eugenio Noel se despacha a gusto con las pendencias más disparatadas que, según él, salían de las plazas de toros, entronizando canallescamente los rasgos de la estirpe del pueblo español y culpando a la afición a los toros de las plagas más horribles que afectaban a la sociedad de la primera década del XX. De su formidable texto (me fascina Noel por la brillantez de su pluma y hasta me divierten sus salidas de pata de banco) quiero extraer este párrafo: “…la funesta cualidad  de ser el único rasgo enteramente nacional, puesto que solo la afición a los toros une a las regiones y hace andaluz al eúscaro, y extremeño al catalán, y castellano al andaluz…” ¡Cáspita! ¡Menuda solución había encontrado don Eugenio para abordar el embrollo “identitario” que se nos ha echado encima un siglo después! ¿Qué hacen nuestros gobernantes de brazos cruzados, sin tomar cartas en el asunto? La fórmula la tenemos ahí: fomentemos las corridas de toros en todas las Comunidades Autónomas y se acabó el problema de la radicalidad nacionalista.

Naturalmente, estos desvaríos de Noel encajan perfectamente en su demencia literaria, de la que hace gala cuando de fustigar a la cosa taurina se trata. Así, pues, poquito caso. Sin embargo, me sirven de prefacio para considerar necesario el establecimiento de un parangón entre el carácter de los pueblos –de los pueblos de España– y el sentido que para cada uno de ellos tiene la tauromaquia. Valencia, su feria taurina de Fallas y su bellísimo coso “de la calle de Xátiva”, son un inmejorable punto de partida para abordar la cuestión de la variedad de comportamientos del público de toros, dependiendo de su ubicación geográfica.

Sostengo la teoría de que el carácter de los colectivos humanos (su modo de ser u obrar),  se forja a través del influjo que en ellos prenden las condiciones ambientales y las costumbres de una sociedad “fabricada” con el correr de los siglos. Toda la región del Levante español, y la demarcación territorial de Valencia en especial, disfruta de un clima privilegiado, puramente mediterráneo, esto es, abundante en sol, templanza, luz y color, lo cual debe facilitar  –¿quién lo duda?— bienestares y convivencias. Díganme si no, cómo pudo dar Joaquín Sorolla esa fuerza impresionista e impresionante a sus marinas y naranjales, sin contar con  la alianza perpetua de la luz y el color de su tierra valenciana.

Las de Valencia son, pues, gentes de carácter jovial, que disfrutan de unos ingredientes ambientales proclives a facilitar la reunión en casales o la agrupación en bandas. Vas por Valencia en Fallas y a la vuelta de cualquier esquina, ¡zas!, te encuentras una calle acotada para la instalación de un casal de mesas y asientos corridos, donde el vecindario disfruta de la fiesta y de los placeres gastronómicos con la mayor naturalidad, o te das de bruces con una banda de música que suena que da gloria. En grupos o en bandas, durante sus fiestas falleras Valencia es puro hermanamiento. Gozan de lo suyo y con lo suyo: la música en las calles, las flores en la ofrenda, los vestidos recamados de costosísimos bordados, luz y alegría, pólvora y fuego…  todo ello es consuetudinario y ancestral en el entorno festero de esta tierra. Así es Valencia.

Metamos ahora a estas gentes en los tendidos de su coso taurino para que presencien una corrida de toros y verán cómo su carácter se expresa con toda naturalidad sobre lo que en el ruedo acontece. Podríamos decir que la jovialidad se enmarida con lo pirotécnico. ¿Qué hay de malo en ello? No crean que es un público insensible a las emociones que trasmiten la bravura del toro o el arte excelso de algún torero. Muy al contrario, le he visto alborozarse y vibrar con la pelea del toro o con grandiosas obras maestras realizadas con capa y muleta por refinados artistas; pero ello no obsta para que sientan una empírica propensión hacia la variedad y la alegría. Aparte otros de más alto rango, fueron ídolos de Valencia Litri-padre o El Soro, pongo por caso. Ellos solitos llenaban la plaza hasta las banderas. El público de Valencia siempre se ha entregado a estos toreros de forma libre y apasionada. ¿Pasa algo?

Pasa que llevamos ya muchos años llevándonos las manos a la cabeza por tal o cual triunfo de toreros que no alcanzan la dimensión de sublimados artistas. Pasa que ese triunfo se difumina y desaparece en cuanto estalla el fulgor callado de la obra maestra, como el humo de la tronante mascletá desaparece al poco tiempo para mostrar la hermosa limpidez del cielo. Pasa que no pasa nada porque El Cordobés y El Fandi hayan salido en hombros un día antes de que Morante bordara el toreo y Luque se fuera, también, por la puerta grande. A fin de cuentas, una cosa es la obra (maestra, en este caso) y otra los aditamentos o ingredientes que la acompañan, lo que el ninot es a la falla o la bajoqueta a la paella.

Los que forasteamos por las ferias taurinas del mundo, en esa labor de almendreros con teclado de ordenador, solemos llevar en la mochila el chip que nos han grabado –aunque sea de forma inconsciente—otros públicos de otras plazas, otras severidades y otras rigideces, otras razones y otras causas. Somos proclives a juzgar las cosas sin atender a los casos. Cada plaza de toros es una historia, y quienes en ella se aposentan, también. Entre el escenario y la idiosincrasia siempre hay interrelaciones que habrán de tenerse en cuenta, si no se quiere caer en el envaramiento del criterio. He leído a un colega rematar su crónica de la exitosa tarde de los llamados “toreros mediáticos” con esta sentencia: “así nos va”. Lo mismo decía, pero con otros argumentos y calidad literaria Eugenio Noel. Hace muchos años aprendí que quien solo sabe de toros no sabe de toros. Desabrochémonos el corsé. Para saber de toros – y justipreciar lo que ocurre en la plaza–  hay que saber de públicos.

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